Diosas y Encantos

 



                                    Portada



El óleo Cinco águilas blancas (2011) de la portada
pertenece al Dr. Francisco Rivero, profesor,
artista plástico y matemático.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Orlando Escalona, 2020

Impreso y editado por:
escalona100@gmail.com
Impreso en Venezuela – Printed in Venezuela

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dedicatoria

 

A mis Encantos Hijas:

 

Lenna, Naya, María Evelyn,

Emy, Pao, Sofi

y

Goya.

 

A mis Encantos Hijos:

Orlando, Gabriel y Fabián

 

 

 

 PRÓLOGO


EN BUSCA DEL ORIGEN PERDIDO:

ECOS Y MURMULLOS DE LAS DIOSAS 

DE LAS

 MONTAÑAS ANDINAS MERIDEÑAS


Una de las propuestas que plantea la llamada literatura postmoderna apunta hacia la conformación de la mixtura discursiva. Este pareciera ser un recurso muy valioso para el escritor contemporáneo de estos albores del siglo XXI. Así, en distintas obras narrativas podemos apreciar esta mixtura de géneros discursivos, que le brindan un carácter híbrido a la literatura y esta hibridación o mixtura se apoya desde la inserción, por ejemplo, del discurso musical popular latinoamericano - citas, referencias y alusiones a boleros, salsa, corridos y rancheras mexicanas, merengues, vallenatos, pasajes venezolanos, tangos, etc. -, pasando por ciertas recurrencias epistolares, poéticas, ensayísticas, bordeando el melodrama, lo folletinesco, y algunas manifestaciones del kitsch, visto como apreciación de una cultura popular, sin obviar las recurrencias a los discursos científicos, matemáticos, mitológicos, religiosos e incluso deportivos. Todo ello sin desdeñar ciertas asechanzas, como lo dionisíaco, la perversión, lo apolíneo, lo hedonístico y el discurso de lo femenino en toda su amplitud. Y en el medio, como pez en el agua, la oralidad.

Por otra parte, apuntemos que el conocimiento que de sí misma muestra la sociedad, permite la creación del imaginario social a partir de distintos núcleos socioculturales como los mitos, leyendas, tradiciones, la religión, el progreso, la cultura, la política, las distintas formas de vida colectiva, etc., que devienen en símbolos de trascendencia creativa social, como apunta Touraine (1995), de autoproducción y autotransformación. Símbolos que tejen y configuran la red que constituye a la sociedad, sus complejidades interiores, que acercan o alejan a sus individuos; los encuentros, mediaciones y transversalidades de estos sujetos, o lo que el propio Touraine (1978) llama historicidad, para señalar la evolución social, su tendencia camaleónica, sus porosidades, fisuras, encuentros y pulsiones.

Teniendo en cuenta las anteriores anotaciones, abordaremos a continuación los distintos discursos narrativos que se cruzan y se cimentan unos sobre los otros, en la novela inédita Diosas y encantos de la Sierra Nevada, del escritor venezolano Orlando Escalona (Santa Bárbara del Zulia, 1952), que tuve la dicha y el honor de leer gracias a la gentileza de este dilecto amigo, científico, escritor y profesor de la Universidad de Los Andes en su Facultad de Ciencias.

Diosas y encantos de la Sierra Nevada está estructurada en 20 capítulos y un epílogo, que hilvanarán las distintas historias que allí se narran. Discursos narrativos ficcionales que articula cuentos, ciencia, relatos y metáforas de leyendas indígenas de nuestros Andes merideños. La novela narra la búsqueda que inician tres adolescentes en la Mérida de comienzos del siglo XXI: Mave, ambientalista y literata; Emy, física, racional y pragmática, y Vero, locuaz y de ancestrales historias. Las tres, ignorándolo, salen al reencuentro con sus propias raíces ancestrales, y logran, sorpresivamente, la recuperación de un mundo mítico y perdido. Los constantes cruces de la historia ficcional, con la realidad del entorno contemporáneo, con lo mítico a través de la oralidad y con lo científico académico, resultan exquisitos y le dan una voz narrativa muy fresca y muy original para estos tiempos apremiantes. Los retos mismos que se imponen las tres muchachas para enfrentar las distintas situaciones y asumir su transposición mítica, espiritual y humana contemporánea, resultan tan atractivos como la mágica descripción de la ralentización del tiempo para encontrarse y reconocerse en las princesas que una vez fueron y en las “chamas y princesas” que resultan ser en la actualidad. En este sentido, la fábula narrativa de Orlando Escalona resulta excelente. Vayamos entonces al desmontaje de la obra en su narratividad.

El primer registro literario que debemos reconocer, tanto en la novela en cuestión como en el autor mismo, es su eminente y pulcro gusto por narrar, por contar historias, motivo o hecho éste que tiene toda la tradición originada desde la noche de los tiempos. Orlando Escalona es un narrador – cuentista, novelista y articulista – nato, que siente un placer extraordinario al plasmar sus distintas narraciones en la hoja en blanco, reto que igualmente asume en esta novela y comienza a desgranar, parsimoniosamente, toda la carga memorística que ha venido guardando a lo largo de sus años, sus distintas vivencias, anécdotas y experiencias, en los diversos lugares en donde ha vivido, recuperando a través de ellos, su infancia y su adolescencia en el Sur del Lago de Maracaibo, junto a sus padres y hermanos, un nostálgico y recurrente viaje en tren por esas cálidas tierras que siguen habitando su memoria junto a su gente más querida. Por tanto, leer a Orlando Escalona es degustar el antiquísimo arte de “contar y escuchar” historias, cuentos, leyendas y tradiciones.

Señalado el primer registro, que deja establecido el placer por narrar que plasma el autor a través de las páginas de esta novela, necesariamente tenemos que reconocer las distintas imbricaciones discursivas que a su interior se producen. Ciertamente, a lo largo de la narración vamos apreciando diversas transversalidades discursivas que nos instauran un diálogo o una polifonía, desde un discurso lúdico, paródico y metafórico, que recupera la tradición ancestral indígena merideña, su exquisita oralidad, e inevitablemente nos trae a la memoria a otros escritores merideños que han ficcionalizado estos espacios por medio de diversos géneros literarios. La narrativa de Orlando Escalona nos recuerda a Tulio Febres Cordero, a Mariano Picón Salas y al Briceño Iragorry de Los Ribera, que no es poco decir en estas latitudes; pero también nos establece un vínculo intertextual, dialógico, con la escritura que en el alto paramo merideño, en Timotes, desarrolla otro excelente escritor de estos territorios andinos como lo es Jesús María Espinoza. 

Así, en estos trasvasamientos discursivos, el lector aprecia las constantes aproximaciones hacia discursos ficcionales, científicos, poéticos, históricos, mitológicos, enunciados y asomados a través de los intersticios que, en cuanto espacios vacíos que el lector debe saber llenar, van quedando a lo largo de la narración. Recurrencias científicas que hablan de axiomas, leyes y métodos científicos, modelos del universo, agujeros negros y hasta de la Partícula de Dios, en un intenso y riquísimo dialogismo intertextual, entre lo ficcional, lo mitológico y lo científico, que nos aproxima, lentamente, a la búsqueda que inician sus tres protagonistas: la recuperación de sus perdidos orígenes ancestrales.

El discurrir narrativo de la novela está pleno de metáforas, símiles y alegorías; de una oralidad permanente, que le brinda a la historia narrativa, ese sabor poético tan propio del discurso intimista, y tan propio de los discursos fronterizos. Y será este discurso poético, oral y tradicional, el que nos sitúe, o mejor, nos lleve en un recorrido en regresión en el tiempo, que se ralentiza, para volver quinientos años atrás y apreciar la magnificencia de la Sierra Nevada merideña, pero también para situarnos, dolorosamente, ante la destrucción y los crímenes cometidos por los hombres barbados que llegaron un día cualquiera de más allá del mar.

Ese discurso de la oralidad indígena merideña se narra en paralelo con la contemporaneidad de las tres jóvenes que salen en busca de sus orígenes, de sus raíces ancestrales; el rescate de distintas leyendas indígenas merideñas, la recuperación de la vida de las tres princesas primigenias, Caribay, Tibisay y Carubay, recuerdan lo mejor de los distintos Códices precolombinos y nos aproxima a la recuperación de la memoria Náhuatl, por ejemplo, llevada a cabo por intelectuales de la talla de Miguel León-Portilla y Ángel María Garibay. Asimismo, desde la utilización de la crónica cotidiana, para narrarnos los sueños, las búsquedas, las angustias y vicisitudes de las tres adolescentes, que nos sitúa ante narraciones latinoamericanas más cercanas en el tiempo, hacia los trabajos que en México desarrolla Elena Poniatowska y en Venezuela Laura Antillano y María Luisa Lazzaro.

Desde el desmontaje estructural de la ficción, la novela presenta un rico juego de voces que establecen las tres adolescentes y a partir de ellas se diseminan hacia otros personajes, como las ancestrales princesas indígenas y los propios padres de las muchachas en la contemporaneidad. Sin embargo, hay una voz narrativa que se reconoce en tercera persona y dará cuenta de la mayoría de los registros discursivos y en ocasiones se torna en segunda persona, para sostener esos espacios fronterizos y difusos de la narración. En este juego paródico resulta muy interesante, por la valía que aporta al acto de la escritura, la mirada del narrador en tercera persona, que es quien hilvana mayormente las historias que se ficcionalizan, pues muchas veces se trata de una mirada masculina - muy bien sostenida por el autor, además - para dar paso luego a la mirada femenina de cada una de las jóvenes mujeres, así como de las tres antiguas princesas. La estructura ficcional nos permite también reconocer los espacios vacíos que mencionáramos anteriormente, todo aquello que está insinuado para que el lector lo descubra, a través de las palabras, los pensamientos, los murmullos, que llevan a cabo los distintos personajes, en especial las tres adolescentes, diciendo sin decir, sosteniendo y conteniendo impulsos lúdicos, sensibles, míticos y hasta amorosos, etc.

La ralentización del tiempo y esa regresión ancestral, como una forma de reencarnación o de transmigración de las almas, condensa toda una carga de tensión e intensidad, brindándole a la novela los elementos necesarios para que la historia se sostenga libremente. La metáfora del sacrificio de la doncella que huye hacia las altas montañas para salvarse de la belicosidad, salvajismo y ambición de los barbados invasores, será también la excusa para narrar una mítica relación amorosa que supera cualquier trance, incluso el de la muerte, y establecerá un espacio mítico y amoroso a la vez, el territorio que hoy conocemos como La Hechicera. La joven doncella suplica al amado regrese pronto de la lucha frente a los invasores para salvarla y protegerla, pero el príncipe guerrero, al ver perdidos todos sus esfuerzos y destruido a su pueblo, cae en el frente de batalla. La tradición nos lo recuperará para la posteridad en el espacio llamado “La Cara del Indio”. Historia de suspenso y crudeza que rescata toda la tradición indígena precolombina merideña.

Desde el principio de la narración, se produce la empatía entre las tres jóvenes que, sin saberlo, saldrán a buscar algo que desconocen y que sólo intuyen en sus conversaciones, comenzando entonces a compartir parte de sus vivencias que finalmente las llevará al logro del sorprendente objetivo buscado. En este sentido, el discurso paralelo que se narra y pespuntea todo el mundo mitológico andino, por momentos se hace elusivo e instaura el mundo de los reflejos, de las apariencias, de la magia, los encantos y las tradiciones; esas apariencias permiten recobrar los sueños y los deseos del sujeto femenino que intuye una cercanía hacia algo que será una revelación sorprendente, algo que ha rondando desde siempre sus conversaciones, para finalmente salir en busca de aquello que les es desconocido y provocar el encuentro consigo mismas, con sus historias pasadas, recuperando su vida idílica en aquella mágica montaña, pero también reviviendo las fisuras amorosas, la separación, la pérdida del amado a quien se rescata desde la recuperación de la memoria, de los momentos compartidos, y al final, como uno de los grandes motivos de toda la novela, lo que queda es el silencio, guardar el secreto de quienes son e iniciar la recuperación de los antiguos espacios perdidos en el tiempo y en la historia.



REFERENCIA BIBLIOGRÁFICAS

TOURAINE, Alain. (1995). Crítica de la modernidad. 3ª reimp. México, Fondo de Cultura Económica.

---------------. (1978). Introducción a la sociología. Barcelona, Ariel, 1978.



Enrique Plata Ramírez

Instituto de Investigaciones Literarias

“Gonzalo Picón Febres”

Facultad de Humanidades y Educación

Universidad de Los Andes

Mérida – Venezuela

enriqueplataramirez13@gmail.com

 

 




 

 Capítulo 


I






Premonición



Mave no dejaba de pensar en lo sucedido. Era una corazonada, lo soñó, o siempre lo había   tenido   presente   y   no   se había percatado. No fue hasta aquel momento cuando por fin se manifestó en toda su magnitud el pensamiento que no lograba descifrar. Intuición, presagio, premonición. ¡Estaba confundida! Por más esfuerzo realizado, no lograba extraer del subconsciente aquella señal que cada día cobraba tanta intensidad; darle sentido a esas ráfagas de visiones volátiles que entraban a su cabecita, era su gran preocupación. De pronto recordó que eso le sucedía en momentos muy particulares y en un lugar muy específico; conocía muy bien ese espacio porque había crecido merodeándolo, y nada alrededor le era extraño. Además, había escuchado algunas historias relacionadas con el sitio de labios de sus abuelos durante muchas de las hermosas noches de tertulias con ellos, y de boca de uno de sus maestros durante las clases de lengua. También el viejo Ignacio, cuentacuentos de la bodega, acostumbraba a entretener y asombrar a los niños de la cuadra con historias del sector, y una de éstas le había impresionado sobremanera. Intuía que algo rondaba por ese sitio.

Pensó que había llegado el día y el momento, y que no se presentaría otra oportunidad, así que, con apresuramiento y resolución se lanzó de nuevo por el estrecho sendero que la llevaría a la cima de la alta y empinada ladera. Fantasía y éxtasis se entremezclaban en su juvenil mente con su firme y decidido andar. La determinación estaba tomada y no había vuelta atrás. No obstante, no llegó lejos, lo escabroso y empinado de la cuesta se lo impidió, tuvo que regresar. Impulsos como estos, experimentados desde meses atrás, le indujeron a emprender la misma acción, pero egresaba sin nada; aunque no frustrada, porque siempre mantenía presente una máxima que su madre constantemente le recordaba: “El que insiste vence”. Por lo tanto, se dedicó a contemplar, otra vez, sus alrededores.

Aquella mañana, visto desde arriba de la ladera, el azul celeste de la gran cúpula le pareció más acentuado y no divisó ningún trazo de neblina alrededor, ni en las prominentes y lejanas montañas azuladas de la Sierra Nevada; sólo visualizaba a lo lejos, cómo los bordes difusos de los montes de la cordillera cambiaban de verde profundo a tenues azulados a medida que la vista se le perdía en la lejanía. El día se distinguía por una transparencia poco frecuente en aquella época de característica humedad. Múltiples veces había acometido tal intento de aventura, por lo que conocía los mínimos detalles de la travesía por el tortuoso sendero. Cuando emprendía la excursión por esos espacios, al mínimo roce con el ramaje de resguardo, el azulejo salía de su nido a secundar con sus trinos a la paraulata y al perico cabecirrojo del alto bucare, e inmediatamente el concierto de agudos se acentuaba mientras crujía el reseco herbaje tras cada uno de sus pasos; y en ese preciso instante se accionaba la alerta roja del carpintero al divisarla desde la nueva morada que se encontraba horadando, y en el acto suspendía su intermitente y resonante picoteo. Aunque era cuidadosa en su modo de andar para no distraerlas, le daba la impresión, que a propósito la estuviesen esperando la multitud de aves silvestres del tupido boscaje de la ladera; y no podía prescindir de la contemplación de aquel incesante revoloteo multicolor sobre el entramado vegetal que debía atravesar. De nuevo se detuvo frente a una de las orquídeas flor de mayo que colgaba del araguaney y acarició sus aterciopelados pétalos fucsias. Algo imperceptible que musitó a las bromelias se difundió entre la sonoridad de los arbustos; siempre susurraba a los helechos y las flores en su tránsito por el caminito serpentino que desde niña había recorrido; sólo ella conocía el contenido del mensaje. Hizo un manojo de hilos de barba de palo cuando divisó la paraulata en labores de construcción de su nido, y lo colocó a la vista; pretendía con ese gesto aliviarle la laboriosa tarea emprendida. Reanudó su caminata, pero tuvo que hacer un alto de nuevo para observar los fugaces aleteos congelados de la chupita frente al rosal al obtener su preciado néctar. También dedicó unos minutos a curiosear la hilera de bachacos que, con el cargamento de diminutas hojas verdes, atravesaban el camino; y saltó con sumo cuidado para no distraerlos.

De repente recordó la última descripción de la maestra sobre la vida en el bosque. Nada nuevo había agregado a su conocimiento sobre la naturaleza de las plantas y animales que ella no supiera con propiedad. Desde muy niña se había dedicado a observar las cosas del bosque en su diaria rutina, y fue mucho lo que disfrutó y aprendió de ese mundo cotidiano, que tanto contrastaba con los enseres tecnológicos estrictamente controlados en su hogar.

Mave, en su permanente tránsito por las caminerías de la residencia, contemplaba con agudeza el mundo natural que se cruzaba en su camino; lo observaba, exploraba, lo escrutaba con detenimiento, se impresionaba con sus comportamientos, y saltaba de alegría con los descubrimientos que a cada rato lograba. Cada día, al observar la variedad de  flores bajo la fronda del pintoresco jardín del condominio, regadas en tiempos de sequía por el rocío mañanero de la humedad reinante, o por la copiosa lluvia en tiempos invernales; se entusiasmaba sobremanera con el pigmento recién estampado en las corolas de las flores y los subsiguientes cambios de tonalidades, con el nuevo insecto que las merodeaban, con los pétalos relucientes y los anticipadamente marchitos, o el botón emergente que sin prisa se trasfiguraría en lozana flor. Las observaciones descritas en el cuaderno que meticulosamente lleva, recogen la hora precisa que la diligente abeja ensalza a su flor predilecta con malabares antes de solicitarle el preciado néctar de la vida; al igual que el momento en que “bella a las once” despliega todo su esplendor frente al radiante sol de la mañana.

      Había logrado identificar con prontitud el canto de los pájaros y a ubicarlos en sus ramas preferidas. A temprana edad se sorprendió cuando se dio cuenta que podía reproducir sus trinos, imitar las voces; se percató que podía sin dificultad, expresar en notas de alto tono, la riqueza acústica del concierto matinal que estaba acostumbrada a percibir desde el boscaje de la empinada ladera. Era capaz de controlar a voluntad la intensidad del flujo de aire a través de su garganta, inhalándolo y exhalándolo para enviarlo hacia las cuerdas vocales, incitar su vibración y producir de esta manera, los hermosos trinos que se confundían con los provenientes del boscaje.

Asimismo, podía identificar el concierto interpretado por cada especie de ave, y diferenciar que sus cantos no se superponían, sino que después que una bandada iniciaba la obertura con los primeros destellos del alba arrojados desde la sierra, la siguiente la secundaba con un allegro vivace tras los primeros retozos de la fresca brisa matutina, y finalmente, un andante majestuoso cerraba la sinfonía a mitad de la mañana. Y entendió que, hasta en eso, la naturaleza tenía control.

Despuntaba el día, aquella vez que su asombro no tuvo contención, cuando, desde su propia ventana, por varios minutos, se pudo comunicar con el par de cardenales que trinaban en la arboleda que rodea su edificio. Semanas atrás había logrado descodificar sus hermosas melodías. Mave desarrolló tal capacidad y durante las mañanas se le escuchaba silbando con agudas notas para imitar las aves cantoras.

Su madre, en son de juego, le comentó:

 

—Saliste a tu abuelo, heredaste sus genes espirituales y hasta el amor y la curiosidad por el mundo natural, mi linda niña; él hablaba con las familias de pajaritos que lo visitaban en nuestra casa de campo, estabas aún muy pequeñita y no presenciaste el don de comunicación que tenía para intercambiar mensajes con las aves de los montes andinos. Por cierto, facultad que perdió a edad avanzada por el problema de garganta que presentó, ¡lástima que no recibiste a tiempo tan hermosas enseñanzas!

—Mamá, pero es que a mí no me cuesta nada imitarlos, es más, pareciera que mucho antes, no sé cuándo, ya lo hubiera hecho; tengo esa lejana sensación —le respondió Mave.

—No te me vayas tan allá mijita, al plano existencial de tu abuelo, me gustaría más que te quedes entre nosotros en tu presente y en estos espacios terrenales.

—No sé, ya me tienes medio confundida —remató Mave, un poco preocupada por los insistentes comentarios, de ese estilo, hechos por su mamá.

Un paraíso terrenal así, rebosante de manto verde y aves multicolores de cantos armoniosos, le engalanaban a Mave los acostumbrados paseos por la ladera. De todas las aves observadas, dos le llamaban la atención: el carpintero, por el intenso trabajo realizado al socavar la madera, y la chupita, por la alta capacidad de vuelo que exhibía, inigualable por ningún miembro similar de su especie. Por tal razón, se sintió motivada en presentar una de sus vivencias en la clase de literatura, de la siguiente manera:

—Al primer pajarito lo he visto en diferentes oportunidades horadando el viejo tronco del samán que persiste en permanecer de pie, y creo que lo hace por no quedarle mal al visitante. Después de varias semanas de entrega total, terminó con su empeño hasta que desapareció el persistente tictac en el bosque; fue cuando entendí que había logrado su cometido. Intenté visitarlo en la cúspide de su alta torre, pero al primer intento, el tronco se meneó tanto que desistí. “Cuidadito y usted se me encarama en ese tronco Mave, mire que se le puede venir encima y la tumba, usted es muy capaz, mida el peligro”, me dijo mi mamita. Y por supuesto, le hice caso.

Continuó Mave con su exposición:

 

— Con la chupita he hecho lo mismo, he tratado de acercármele, pero es muy esquiva. Aunque, una mañana mi ventana empezó a ser merodeada por ese pajarito intranquilo, fugaz, con capacidad de vuelo como no he visto en ninguna otra ave del bosque. Se movía tan rápido que me era imposible seguirla con la mirada, sólo cortas ráfagas de imágenes volátiles pude percibir al principio entre las estructuras de concreto y metal donde se divertía con sus peripecias. Hasta se atrevió a traspasar la ventana de mi cuarto, recorrerlo de un tris y salir por el mismo lugar; realmente, eso fue una gran osadía de su parte, me dije para mis adentros. Se lo comenté a mamá y me respondió que, según las enseñanzas de mi querido nono Ufrasio, entonces teníamos que prepararnos porque nos venía visita. Pensé, “esta mamá mía siempre anda con sus cosas raras, ahora y que la chupita hace de whatsapp”. ¡No mejora la enferma!, como ella misma dice.

 

Mave echó un fugaz vistazo a los rostros de la audiencia tratando de percibir sí habían captado su atención. Y sin pérdida de tiempo, continuó:

 

—En efecto, al tercer día repicó el teléfono con insistencia y cuando lo levantó, escuchó una voz que desde años no percibía; su hermana del alma hablaba desde un país lejano y se disculpaba por el tiempo de ausencia. ¡Viste!, me dijo emocionada, ese pajarito encierra verdadera magia incomprendida, su visita trajo un sutil mensaje de esperanza, siempre lo he creído así, a mí me ha funcionado, aunque otros no lo crean. Ese pequeñín es mensajero de benévolos deseos y pensamientos, ¡qué digna responsabilidad le dieron sus creadores! El apremio de la entrega le proporcionó fugacidad al revoloteo. Lo hicieron frágil y liviano, tanto, que la gravedad no le impide movimiento alguno, y lo vistieron de blanco reluciente por la pureza del color. Cierta vez, la prisa de un reparto lo enredó en un arcoíris y se tiñó del colorido que regó por las flores del campo para aumentarles la hermosura; y desde ese día, en retribución, recibe el vigorizante néctar de volar. Cuando veas uno, piensa en algo positivo, envíalo a un ser querido y verás que le llega el mensaje a través de alguno de los tantos que existen. Cuando entran a nuestra morada, diseminan con cada aleteo que realizan por el espacio, cientos de mensajes que nos envían nuestros seres queridos con buenas nuevas. Pues sí, mi amada hijita, prepara tu cuarto porque la familia extraviada viene de visita desde el lado sur del continente. Un gracias mi linda chupita por avisarme a tiempo”, y un fuerte y medio exagerado suspiro, escuché de mi mamita.

El profesor, un poco preocupado con la hora, le recordó a la “conferencista” el tiempo que le quedaba. A lo que Mave respondió:

—Sí, mi profe, con esto termino —y continuó con la parte final de la presentación:

—Como la chupita insistía en merodear mi ventana, me di a la tarea de observarla con detenimiento y pude interpretar lo que en realidad pretendía hacer. A los pocos días se detuvo sobre un colgante metálico en forma de U, que pende de uno de los aleros del techo del último piso donde vivimos. Con rapidez, el nido en construcción fue tomando forma de media cáscara de huevo de pava y luego se dio a la tarea de recubrirlo por fuera con diminutas hojas secas de los árboles del sector. Creo que de esta manera lo preparó para mantener calientico su interior. No pude contar las veces que carreteaba el material, pero fueron muchas idas y venidas con insistencia y rapidez. Cuando se metía en su minúscula concavidad, zapateaba con insistencia para acomodar el piso del nido. El ritual duraba un par de minutos y luego se echaba para probarlo; y no terminaba de calentarlo cuando de nuevo salía disparada en búsqueda de la próxima fibra para repetir el bailoteo. Admirable su paciencia y constancia para construir su casa; poco a poco, minuto tras minuto, terminaba un día y continuaba el siguiente. Siempre la observo, sé cuándo sale y en cuantos minutos regresa. Ahora que terminó de construirlo, permanece estática más rato en su aposento. Es cuando aprovecho, preparo los mensajes de mis seres queridos, se los envío con mis pensamientos y me quedo observándola. ¡Funciona!, sale disparada a entregarlos y con premura regresa. Aunque, de verdad les digo, no estoy completamente convencida de que sea así, pero me encanta el jueguito. Entonces me di cuenta que había puesto el par de huevitos; debe ser un par, me dijo la abuela, a fin de perpetuar la especie. Un par de semana después, por el borde del nido empezaron a asomarse dos cabecitas pelonas con pelusas blancas, que fueron tomando colorido poco a poco, hasta que llegó el momento que se colocaron en posición de vuelo, extendieron sus alas y se lanzaron al mundo. A cada uno le preparé un paquete con hermosos pensamientos para su primera entrega. Esto es todo por los momentos, ¡gracias por su atención!  —al mismo tiempo que levemente inclinó su cuerpo en señal de reverencia hacia el profesor y sus condiscípulos.

      Por supuesto, la exposición y el trabajo redactado por Mave fue bien valorado por la audiencia.

      Mave, desde pequeña mostraba interés por los procesos naturales asociados al ambiente campestre y se entretenía con las expediciones realizadas por los espacios comunitarios del sector. A su corta edad, ya disponía de instrumentos de estudio del mundo natural. En cada fecha memorable del almanaque, sus padres le obsequiaban instrumentos científicos y libros; de esta manera se hizo de un telescopio para observar los cuerpos celestes, binoculares de gran aumento para divisar las aves, un microscopio para compenetrarse con la estructura de la materia y un grabador digital de audio para captar los sonidos del bosque. Con la cámara fotográfica digital había logrado coleccionar registros de aves en sus propios ambientes, y variedades de insectos de la jardinería de su espacio predilecto.

 Semejante y extraña inquietud que la mantenía en expectativa, las comentó a su familia, y al no lograr resonancia, desistió de tal propósito y se dio a la tarea de buscar respaldo en alguien más de su absoluta confianza. Fue al encuentro de Emy, con quién días  atrás había tocado tangencialmente el tema, sin que le prestara la debida atención. La conocía bien desde hacía tiempo y sabía que era difícil entablar una conversación con ella sobre tales asuntos. Sin embargo, se sorprendió, mostró entusiasmo y le dijo que se sentía muy preocupada porque no dejaba de pensar en algo parecido. Emy era más analítica, no comía cuento, la influencia de sus padres la habían marcado desde niña. Crecía en un ambiente hogareño donde se hablaba de axiomas y leyes científicas, del método científico y modelos del universo, matemática y tecnología; de la inefable experimentación para la comprobación de hipótesis y de la potencialidad de la ciencia para explicar y predecir hechos naturales. Acababa de realizar una exposición en su colegio sobre el Big Bang, los agujeros negros, los quarks. Ya entendía que los ladrillos esenciales del Universo están constituidos por electrones, quarks y neutrinos, que la materia y la energía oscura son los componentes mayoritarios del Cosmos. Estuvo muy atenta de la detección de “la partícula de Dios” -el “Bosón de Higgs”- y las “ondas gravitacionales” en su momento; y celebró con entusiasmo cuando confirmaron sus existencias. Era de esperar que algo tan efímero e intangible, como lo comentado por Mave, le llamara la atención. Lo de ella era concreción frente a las explicaciones, no aceptaba ambigüedades o supuestos, no; para entablar una conversación sobre temas diversos con Emy, se requería de un discurso bien fundamentado. Era muy meticulosa, suspicaz, detallista, siempre exigía explicación de los cómos y porqués. Tenía un perfil muy bien demarcado de genialidad; era un cerebrito, decían quienes la conocían de cerca.

      Pero en esta oportunidad, con Mave fue diferente.

Conversemos, —le dijo sin preámbulos.


       Se sentaron cómodamente sobre la grama, amparadas en la sombra del cují de la ladera, con las piernas entrecruzadas en posición del loto yoga, a dedicarle un buen tiempo al asunto pendiente. Conversaron extensamente sobre lo que burbujeaba en cada cabecita, y que necesitaban exteriorizar. Cada quien hizo una exposición y descripción a su manera, incluyendo los primeros intentos de interpretación con base en los libros y revistas consultados en físico y en digital por internet. Tuvieron coincidencias que reforzaron los pensamientos que bullían en sus juveniles mentes; aunque también, marcadas diferencias por la educación familiar recibida en sus propios hogares. Estaban a punto de terminar la conversación, cuándo a lo lejos vieron cómo, poco a poco, se definía la esbelta figura de Vero, quién, saltando y agitando las manos, hacía señas para llamarles la atención.

—¡Al fin las encuentro!, malas amigas. Las busqué por todas partes y pensé, no sé por qué, que deberían estar en este bendito cují, —dijo Vero, sin disimular la alegría de haberlas encontrado.

—La punta del triángulo que faltaba, —comentó Emy entre dientes y con desgano.

Emy no conjugaba mucho con los comentarios de la loca Vero, como la llamaba. Vero era locata, muy alegre, extrovertida, chistosa y le gustaba conversar tanto, que sus amigas decían que poseía una mente tan fantasiosa que las entretenían contándoles historias por ella misma inventadas. Y montaba sus teatros con tanta facilidad que sus amigas no sabían cuando estaba conversando en serio o fantaseando. Hablaba hasta por los codos, decían sus familiares, salió a su abuela. Su locuacidad era infrecuente en jóvenes de la particular región andina de dónde provenía. Sin embargo, la toleraban y, viéndolo bien, hasta les hacían falta sus ocurrencias. Lo malo es que siempre quería ser el centro de atención, robarse el show, y no las dejaba expresarse con tranquilidad. A cada rato se escuchaba de alguna de ellas, “pero bueno Vero, ¡y entonces, chama!”

Vero era de la zona alta del Mocotíes, del pueblo turístico de Bailadores, donde la niebla casi perenne de las mañanas, rocía grandes extensiones de cultivos de hortalizas y fresas diseminadas a lo largo de las altas laderas y a orillas de la vía. Ella, a pesar de su corta edad, ya se había convertido en un baúl de cuentos. Al principio, los había escuchado de boca de su mamá durante los preámbulos con la almohada en las heladas noches de la sierra; posteriormente, cada fin de semana, los mismos relatos eran narrados por su querida nona, Mabuela, como cariñosamente le decía, frente a las humeantes tazas de cacao y las rodajas de “pan tovareño”, tras la caída de la tarde. Momento en que su nona hacía gala de la alta capacidad histriónica que la caracterizaba e imprimía sus propios matices a las historias que le contaba. Razón por la cual, a edad temprana, Vero, aprendió el manejo de la palabra oral, el arte de mantener al oyente sumergido e interesado en los cuentos que narraba. Hasta le ganaba a su Mabuela en el uso del lenguaje corporal, en la dramatización y en la modulación de la voz. Tenía un dominio innato del espacio y el discurso como cualquier adulto capacitado para tales lidias. Era capaz de incorporar pausas, generar expectativas, y poner en sobresalto al oyente mediante acciones inesperadas de asombro. Su tía le comentaba: “Le ganaste a tu abuela, mi muchachita. Mija, vas a ser actriz, periodista o escritora; con ese talento innato para el discurso, ya te veo en la primera silla de Miraflores.”

—¡Chamas!, tengo algo urgente que contarles — exclamó Vero emocionada.

—A ver con qué nos vas a salir ahora —le replicó Mave con picardía.

A lo que pronto manifestó Emy:

       —Pero, ¡déjala que se exprese a sus anchas!

 

 

 


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