domingo, 7 de junio de 2026

NEPOGIDATISMO

 





NEPOGIDATISMO

NEBULAR

El arte de procrear estrellas en el vacío

 

 

Orlando Escalona

 




 

 

Capítulo 1



El contundente “¡entonces renuncio!” retumbó en el aire. El impacto generado en los asistentes a la reunión de trabajo despejó la acústica de la sala de tal forma que, si la gravedad hubiese soltado una hoja seca en el vacío provocado por la exclamación, el estruendo de su caída los habría devuelto a la realidad. Pasaron segundos de parálisis absoluta. En aquel instante, todo cambió; la implosión se sintió en las oficinas adyacentes y recorrió los pasillos, laboratorios y talleres del decimoquinto piso. El silencio se apoderó de los espacios y solo un entrecortado “renunció” onduló como un susurro hacia el exterior. Impávidos, los directivos no lograban asimilar la sorpresa lanzada por aquel trabajador.

El remate de:

—Sí, y ya les traigo el oficio que tengo preparado —dejó por sentado que la decisión de Bergolio no tenía vuelta atrás.

Así terminó una reunión de trabajo bajo una pretendida propuesta impositiva de amonestación hacia uno de los colocados en el paredón

Bergolio no solicitó ningún derecho a réplica, sino que optó por levantarse y con un “buenas tardes, se les agradece el tiempo compartido”, se levantó de la silla y se retiró del recinto. A los veintitrés minutos exactos el documento fue dado por recibido por la asistente del director.

Mientras se retiraba, vino a su memoria aquel primer día que llegó a la institución. Cinco años antes había intentado ingresar como trabajador y no pudo. Pero la oportunidad de oro se presentó días después con la propuesta del alto funcionario que vio en él capacidad para incidir en el trabajo académico de recuperación de un centro de investigación colapsado y a punto de ser clausurado por el gobierno nacional. La crisis del país de aquel entonces se había anquilosado también en ese lugar; recién acababa de pasar la pandemia del covit-19 y la moral ciudadana nacional aún se encontraba por el piso.

Persistía el manto blanquecino de la tarde adormecida. Colocó la capucha sobre su cabeza y se lanzó a través de la espesa atmósfera condensada por el penetrante frio invernal. Rumbo a su hogar, los síntomas sentidos minutos antes en su mente y cuerpo habían adoptado otra forma de manifestarse. Notó el cambio. La serenidad se instaló de nuevo en su ser y celebró el retorno previsto. Lo había hecho, tal como se lo propuso, sí los acontecimientos persistían y agudizaban. No surgió la duda en ningún instante, porque todo lo había planificado con antelación por si seguían presentándose situaciones desagradables de incomodidad laboral. Y volvió a ocurrir. Por eso procedió de la manera como lo hizo.

Bergolio, como científico experimentado, jubilado de una prestigiosa universidad nacional, con tan largas temporadas retozando con sabiduría con el tiempo acumulado; sabía afrontar situaciones incomodas sin dificultad, como la recién presentada. Profundamente enamorado de los procesos del cosmos. Los nacientes destellos matutinos de la alborada rozando los perfiles de la sierra andina, embelesaban su despertar. Así se incorporaba al nuevo día, con plena conciencia de que su minúsculo aporte podría incidir en la construcción de un mundo con espacios abiertos para todos. Y sentía que era su obligación hacerlo. Aquella primera vez, cuando puso su pie derecho en el edificio, cambió su vida. Vio la oportunidad de oro de poner a prueba los conocimientos que manejaba con sus nuevos aportes. Desconocía por completo lo que ocurría en las profundidades académicas de la institución científica donde acababa de entrar. Pero, aquellos que sí la conocían, estaban seguro que él podría hacer algo que incidiera en su recuperación. Esa confianza extrema lo comprometió tanto, que aceptó formar parte del personal encargado de divulgar los nuevos estudios y descubrimientos logrados en aquel centro de investigación. Entró al departamento de divulgación astronómica, porque realmente era esto lo que últimamente venía haciendo desde su larga jubilación aprovechada.

Desde su jubilación universitaria, estuvo desempeñándose en otros espacios académicos. Compartió casi un par de años en algunos espacios educativos del estado como coordinador del ministerio de educación. Muchas fueron las agradables experiencias acumuladas cargadas con nuevos aprendizajes.

Bienvenido compañero Bergolio al GID. Usted se encuentra en los espacios del grupo de divulgación le dijo César, el coordinador, frente a sus compañeros me comentó nuestro director que tendremos el honor de disfrutar de su compañía por un tiempo.

Pues sí, me agradaría respondió Bergolio ¡Qué gusto conocerlos!   

Aquella visita ocupacional convertida, in situ, en la primera reunión de trabajo, sirvió para la presentación formal de cada uno de los integrantes, para hacer una descripción pormenorizada de los fines y objetivos de la unidad, de la especialidad de cada uno y de sus experiencias como divulgadores en todo el territorio nacional. Por eso César comentó:

—El compañero Bergolio viene de la universidad. Fue mi profesor, por cierto; me dictó uno de los cursos de física durante mi licenciatura. ¿Verdad, profesor? ¿Lo recuerda?

Bergolio confirmó lo expuesto con un leve asentimiento.

—Espero que su presencia facilite las funciones en nuestro quehacer diario —concluyó el coordinador.

Por las miradas cruzadas y los susurros, Bergolio notó que su llegada había despertado una densa expectativa. Tanto fue así, que una de las presentes se atrevió a interpelarlo:

—¿Y usted a qué viene? Nosotros estamos completos. Cada uno conoce sus funciones y tenemos mucha experiencia acumulada. A mí me parece que este trajín no sería bueno para usted; lo veo muy ajadito, mermadito, entradito en años. Se me va a quedar dormido en los viajes y más cuando lo metamos en el "astrobús" a recorrer nuestros patios.

Unas risas ahogadas recorrieron la sala. Ella retomó el hilo, fingiendo seriedad:

—Sinceramente le digo, mi señor, que no creo que usted pueda seguirnos el ritmo.

César intervino de inmediato ante aquel comentario desproporcionado. Miró fijamente a Bergolio y se disculpó:

—Qué pena con usted, profesor, pero ella es de las que dice ser "demasiado sincera" y no se guarda nada.

Muy cierto, para decírselo mañana, se lo digo ahora mismo, de una vez, yo no ando con rodeos espetó la joven de nuevo.

César se vio obligado a seguir con la presentación e intervino con el siguiente comentario:

Pero es que no he terminado de presentar formalmente al profesor a partir de aquel momento se dirigió a él en esos términos; quizás por respeto o para evitar reforzar futuros malos entendidos. Él viene de la UNAC, es jubilado con experiencia en docencia universitaria e investigación en astrofísica, y considero que nos podría aportar mucho de sus conocimientos. Me consta que es buen profesor por el curso que me dio, les repito. ¿Qué va hacer aquí? Pues lo que sabe hacer, darnos algunos cursos de formación y actualización a nosotros y a otros compañeros de la institución que quieran acompañarnos. Además, va a participar en las actividades de divulgación. Es más, parece que viene otra persona por ahí, también.

Éramos muchos, y parió la abuelacomentó alguien más.

Inmediatamente entró en escena otro divulgador con el siguiente comentario:

—Miren, va a incomodar lo que voy a expresar, pero les digo lo siguiente: yo también vengo de una universidad de prestigio y lo que aprendí en mi carrera, lo aprendí exageradamente bien. Entré aquí con la intención de poner mis conocimientos al servicio de los demás y, por supuesto, para ganarme el sustento. Salí cansado de mis estudios y por nada del mundo tomaría un curso más, aunque venga a dictarlo el "papá" de los gurús de la astronomía mundial. ¡Tremenda vaina me van a echar!

Agarró una vieja revista que estaba sobre la mesa y empezó a hojearla con evidente desdén.

—¡Y que ponerme a estudiar de nuevo! ¡A mí!, que tomé una electiva de astronomía; que hice una tesis de grado en astrofísica, aprobada y recomendada para publicación. ¡A mí!, repito, que apliqué "al pelo" mis conocimientos en la determinación de velocidades radiales de muchas estrellas. No, señor; a mí nadie me viene a hablar de asteroides y cometas —mis temas favoritos, por cierto— como yo lo hago. Tampoco… —balbuceó un poco.

¡Epa, epa, bájale dos! Tranquilo chamo, no es para tanto, cálmate arremetió el coordinador para aplacar los ánimos exaltados del compañero, y porque ya no quería seguirle más la corriente. Lo conocía bien y sabía que, si lo dejaba continuar con el discurso, aquella reunión de presentación se le podría convertir en un mero conversatorio sin relevancia alguna.

 —Pero dejemos que sea el profesor que nos comente sobre su interés de acompañarnos en este noble oficio de la divulgación científica. Le cedo la palabra —comentó César.

—Jóvenes, gracias por la bienvenida. Les comento que casi no hablo de lo que debo hacer, me inclino más por hacer lo que se deba, y que sea la obra la que hable por sí misma. Lo cierto es que ustedes me están ofreciendo una oportunidad única en mi vida y la sabré agradecer. Me proponen ayudar a este grupo tan diversificado de profesionales de la astronomía a orientar un poco su trabajo por el sendero de la eficacia. Son ustedes los que mejor conocen su trabajo, yo solo podría orientarlos un poco a que los objetivos se cumplan en menos tiempo y que los resultados obtenidos sean de mejor calidad y provecho para todos. Creo que tengo algunas cosas que he desarrollado en estos últimos años de trabajo continuo y que podrían servirles a algunos de ustedes para seguir avanzando en su profesionalización. Sin ánimo de establecer ninguna discusión al respecto, pero, nunca he dejado los libros ni los dejaré, menos las revistas de investigación, estén estas en físico o en digital. Y tengo por norma el respeto a cualquier aporte científico bien sustentado en las reglas establecidas de las ciencias.

Bergolio hizo un alto como para tomar aire y continuó:

—No me la voy a tirar de científico vergatario de la física y la astronomía acudió a esta expresión popular para bajar el tono académico de su exposición—, pero la formación y la cultura científica astronómica que he aculado hasta ahora, me han servido para entender muchos de los eventos y fenómenos del mundo. Y son estos conocimientos, en la medida que se pueda, los que pondré con mucho gusto a disposición de ustedes. También estaré dispuesto a recibir y a nutrirme de sus experiencias; mejor dicho, nuestra relación laboral debería convertirse en un compartir de saberes, donde yo gustosamente recibo los suyos y ustedes, después que hagan los análisis pertinentes, reciben los míos.  Bien, no quisiera distraerlos más de sus responsabilidades, así que dejémoslo hasta aquí y nos seguiremos viendo en los días que vienen.

Con un:

—Gracias profesor por esas palabras de aliento. Compañeros, hemos terminado, … cada quien a lo suyo. —dio por terminada el coordinador la reunión.

A las pocas semanas llegó el otro profesor que estaban esperando. Tan vejuco como Bergolio y con mucho entusiasmo por la investigación. Igualmente, jubilado universitario de un grupo teórico de física. Era un científico de amplia experiencia en docencia e investigación universitaria, escritor de un par de libros de física dedicados al tema de la mecánica clásica, donde se consideraba un experto. El coordinador lo presentó, aprovechando la reunión que se estaba desarrollando en ese momento en el departamento:

—El profesor Feliciano Almasto también nos acompañará por un tiempo…

—¡Epa, César! Yo no vengo para acá, lo mío es la investigación pura —paró en seco el profesor Almasto al coordinador—. No sé nada de divulgación de la astronomía y en realidad les digo, que me interesa poco. Aunque, de todas maneras, estaremos cruzándonos por estos espacios y en lo que pueda ayudar, pues ayudo. Pero eso sí, tienen que informarme con tiempo para prepararme. Trabajo bajo previa y minuciosa planificación.

—Me aseguró el director que tu venías —ellos se tenían la confianza suficiente para tutearse— para este departamento; a trabajar en conjunto con el profesor Bergolio.

—Creo que no— fue su respuesta, y se retiró a hacer lo que vino hacer: entrevistarse con el director.

Todos los presentes se miraron medio asombrados con la actitud del profesor y sin decir nada continuaron con lo que estaban discutiendo.

 

 

Capítulo 2



Así inició Bergolio su labor en la institución. Durante varias semanas se dedicó a observar y analizar como cada uno de los compañeros asumían sus diferentes responsabilidades; incluso al profesor Feliciano que, un par de días después, fue integrado al departamento como un divulgador más, porque era ahí donde se requerían sus servicios. El coordinador César, por su parte, buscó concretar pronto la propuesta del director: diseñar un plan de formación en astronomía para todo el personal del departamento. Su mandato fue tajante: “¡qué todos asistan a los cursos, sin titubeos!”.

Tras conversar con sus compañeros, Bergolio confirmó que ninguno era profesional del área. Los escasos conocimientos que habían adquirido para sus diarias labores divulgativas en las escuelas, provenían de las famosas redes digitales, como el mismo coordinador César solía mencionar. Se establecieron múltiples reuniones de trabajo para planificar y estructurar el programa del plan de formación. Poco a poco, Bergolio generó la expectativa necesaria para que sus compañeros comprendieran la importancia de actualizarse en los conceptos, leyes y descubrimientos recientes de un campo tan heterogéneo y complejo como la astronomía y la astrofísica. No obstante, dejó claro que no buscaba proporcionarles una formación tan profunda como el mismo vasto universo, sino que la idea era que manejaran con pericia y precisión los términos, definiciones, ecuaciones, leyes y modelos que les permitieran explicar con propiedad los diferentes eventos astronómicos cotidianos al gran público.  Bergolio insistió en la amplitud intrínseca, propia del tema astronómico, por el carácter interdisciplinar de sus fundamentos. La astronomía es matemática, es física y química, es historia y arte, y todo divulgador debería manejarse muy bien en estas disciplinas. Debería adquirir la cultura científica astronómica suficiente para desenvolverse con soltura y precisión comunicacional en el arte de divulgar el conocimiento científico. Pero, ante todo, comentaba Bergolio: la divulgación es compromiso, devoción, entrega.

En una de las primeras reuniones semanales propuso leer a Richard Feynman, pero no sus libros, sino investigar su método pedagógico de enseñanza de conceptos complejos. Feynman, "El gran explicador", no solo fue un físico brillante y premio nobel; fue un innovador de la pedagogía que despreciaba la memorización vacía. Su método se basaba en una premisa radical sobre como la complejidad solía ser una máscara para la ignorancia. La frase adjudicada a él “si no puedes explicar un concepto a un niño de diez años, es que tú mismo no lo has comprendido”, resume como hacía para lograr que sus alumnos entendieran conceptos tan complejos como los que manejaba en mecánica cuántica y en electrodinámica cuántica.

De esta manera Bergolío presentó, en una de las reuniones, el método de Feynman que tanto defendía:

—Se basa en cómo llegar a la simplificación de los procesos sin sacrificar su esencia conceptual. Él, Feynman, manejaba el arte de la simplicidad. No aplicaba ninguna fórmula mágica, sino un proceso iterativo de honestidad intelectual que se podría dividir en cuatro fases esenciales: Se elige el título del tema a desglosar que encabezará el texto y se escribe en la parte superior de una hoja en blanco. Se redacta la explicación del concepto con un lenguaje sencillo y sin complejidades técnicas, mediante analogías claras; sí al intentar su explicación, notas que te trancas o que tu lenguaje se vuelve incoherente, regresas al material de estudio original hasta que puedas explicar ese "punto ciego" con la misma sencillez que el resto. Finalmente, revisas tu explicación y eliminas cualquier término complejo que haya quedado, y sí esta es larga o confusa, busca otra analogía mejor. El objetivo final será un relato fluido y directo.

—¡Ah! Ya veo que ese método solo lo puede aplicar Feynman o alguien que esté a su misma altura— comentó uno de los físicos titulados presentes.

—No, al contrario— retomó la exposición Bergolio— el método tiene su fundamentación pedagógica. Se aprende, se enseña y se aplica. Su eficacia no se sustenta en la simple casualidad, sino que se alinea con los principios más robustos de las ciencias del aprendizaje. Es un ejercicio puro de metacognición. Obliga a quien lo ponga en práctica a monitorear su propio nivel de comprensión, al identificar qué es lo que aún no sabe. Así, deja de ser un receptor pasivo y se convierte en un corrector activo de sus propios modelos mentales. Feynman creía firmemente en la necesidad de construir conocimiento nuevo sobre las bases existentes. Y las analogías son el puente: conectan un concepto abstracto como, por ejemplo, la electrodinámica cuántica, con una experiencia cotidiana. Esto facilita la codificación profunda en la memoria a largo plazo. Se trata de implementar un aprendizaje activo que rompe la ilusión al exigir la recuperación activa de la información porque la escritura de un texto y su explicación pone el cerebro a trabajar mucho más que el simple acto de leer por encimita un libro e irlo subrayando. En pedagogía, la simplicidad es elegancia. Por eso, Feynman, aplicaba este principio para demostrar que la realidad, en su esencia, es coherente. El uso de tecnicismos a menudo sirve para ocultar una falta de comprensión de los fundamentos. Al eliminar la jerga, solo queda la verdad del concepto.

—Eso suena maravilloso profesor —comentó el coordinador— pero, ¿cómo se digiere eso?

—Tienes que asimilar primero la siguiente máxima de Feynman: "El primer principio es que no debes engañarte a ti mismo, y tú eres la persona más fácil de engañar"— contestó Bergolio—. Este método es una herramienta de integridad; nos enfrenta con nuestra propia ignorancia para transformarla en conocimiento sólido y transmisible. Y, justamente, esa es la esencia de toda divulgación.

—¡Exacto!, vamos ahora a un caso práctico. ¿Cómo explico yo, Sandra, el origen del sistema solar y la Tierra, con su famoso método profesor Bergolio?

—Mejor ejemplo no existe. Procederíamos de la siguiente manera. Recuerden, primero deben alejarse de los tecnicismos áridos para poder aplicar la técnica Feynman. Yo, Bergolio, lo explicaría así, Sandra. El sistema solar no "apareció" de la nada, sino que es el resultado de una "gran limpieza" cósmica donde la gravedad fue la escoba. Imagina que hace unos 4.600 millones de años no había Sol ni planetas. Solo había una nube gigante y fría de gas y polvo flotando en la oscuridad. Era como una habitación llena de humo y motas de polvo. De repente, algo (quizás la explosión de una estrella cercana) hizo que esa nube empezara a colapsar sobre sí misma por la fuerza de la gravedad. Al encogerse, empezó a girar cada vez más rápido. Piensen en un pizzero que lanza la masa al aire. Al girar, la bola se aplasta y se convierte en un disco plano. Así nació nuestro sistema solar: una bola de fuego en el centro (el Sol) y un disco de polvo girando a su alrededor. En ese disco plano, los granos de polvo empezaron a chocar entre sí. Al igual que cuando uno barre debajo de la cama y se forman "pelusas" o "bolas de polvo" cada vez más grandes; y en el espacio, el polvo se convirtió en piedritas, las piedritas en rocas y las rocas en planetas. A este proceso de "pegarse por choques" lo llamamos acreción. La Tierra nació en una zona cercana al Sol, donde hacía tanto calor que solo el metal y la roca podían estar sólidos. Nuestro planeta empezó como una bola de roca fundida y ardiente, chocando con todo lo que encontraba en su camino hasta que "limpió" su órbita y se enfrió lo suficiente para tener una corteza sólida. Así nació la Tierra. Observen que se manejan varios conceptos: la nube molecular de gas y polvo, la hipótesis nebular, el colapso gravitacional, la acreción de material, el giro de la masa de gas y la conservación del momento angular. Y finalmente, rematamos afirmando que, el sistema solar es en esencia, conservación del momento angular (el giro) y gravedad (la unión). Pasamos de ser una nube caótica a ser un mecanismo de relojería organizado.

—Veo una omisión en ese modelo, Bergolio; no explica la formación de los planetas gaseosos —aprovechó Javier para señalar un supuesto punto débil del profesor.

Bergolio escuchó con serenidad, sin rastro de incomodidad ante el tono inquisidor de su colega. Al contrario, asintió levemente, validando la intervención de Javier para luego desarmarla con la elegancia de quien domina los fundamentos.

—¡Cierto! Recuerda que, como divulgador, no debes mencionar todo. Coloca el discurso en un punto donde el público pueda intervenir tal como tú lo acabas de hacer; ubícalo al borde de la curiosidad. Es una observación pertinente, Javier —continuó Bergolio, manteniendo un contacto visual firme pero amable—. Sin embargo, lo que llamas omisión es, en realidad, el núcleo de la geografía térmica del sistema.

Hizo una pausa breve y retomó el tono pausado del método Feynman:

—Imaginen que estamos en una habitación con una estufa encendida en el centro. Si lanzas granos de sal y gotas de alcohol cerca del fuego, la sal permanecerá sólida, pero el alcohol se evaporará instantáneamente y viajará hacia las esquinas más frías de la habitación.

El silencio de la sala era demostración palpable de que había logrado captar la atención de sus compañeros. Y continuó:

—Eso mismo ocurrió en el disco solar. Existe una frontera invisible llamada la Línea de Congelación. Cerca del Sol, el calor era tan intenso que los gases ligeros y los hielos no podían condensarse; simplemente fueron barridos hacia el exterior. Por eso, los planetas interiores son rocosos y densos. Solo más allá de esa línea, donde el frío impera, esos gases pudieron agruparse para formar los gigantes que mencionas.

Bergolio sonrió ligeramente antes de concluir:

—El modelo no los olvida, Javier; explica por qué cada uno ocupa su lugar. No es una falta de información, es un principio de orden termodinámico. ¿Queda clara la distinción o prefieres que analicemos las masas críticas de esos núcleos gaseosos? Pero como ustedes conocen las generalidades del tema, no hace falta ninguna descripción más. Eso lo vamos a profundizar en nuestro futuro curso de astrofísica. Y apreciados compañeros, para finalizar, cuando un niño les pregunte de dónde venimos, no hablen de colapso gravitacional de una nebulosa “presolar”; mencionen que somos el polvo de una pizza cósmica que aprendió a caminar.

Bergolio se adaptó paulatinamente a su nuevo entorno laboral, un espacio donde la astronomía y la astrofísica eran temas recurrentes, aunque abordados con un enfoque marcadamente empírico. Pronto identificó las fortalezas y carencias del equipo, integrado por físicos y químicos de universidades prestigiosas, así como por pedagogos de instituciones de renombre. La juventud predominaba en la plantilla; solo él y el profesor Feliciano representaban la veteranía, con una experiencia comprobada en investigación científica y docencia universitaria.

Aunque no tenía antecedentes en la capacitación de divulgadores astronómicos, aceptó el desafío. Instruir a los propios colegas no era labor sencilla, sobre todo ante la resistencia de quienes daban por sentado su conocimiento y se sentían, incluso, capacitados para enseñar. Eran pocos los conscientes de su necesidad de formación técnica. Pese a estas dicotomías, Bergolio, Feliciano y César, el coordinador, estructuraron el plan solicitado por la dirección. Tras un periodo de observación directa del desempeño en vivo del equipo en diversos ámbitos académicos, se confirmó la urgencia de implementar dicho programa en la institución. Después de revisar meticulosamente las funciones de un divulgador científico, Bergolio llegó a las siguientes conclusiones y así las compartió:

Un divulgador científico debe actuar como un enlace entre el complejo mundo científico y el público en general. Su labor es la de traducir palabras difíciles, en conocimiento relevante, comprensible y emocionante para la sociedad; eliminar la barrera del lenguaje técnico sin pérdida del rigor científico. Debe dominar el arte de la simplificación para convertir conceptos abstractos o fórmulas complejas en analogías y metáforas cotidianas, en el momento de explicar por qué, por ejemplo, un descubrimiento es importante en la vida cotidiana del espectador. Y, además, debe ser un experto en filtrar la información más relevante de un "paper" o estudio para evitar la sobrecarga informativa. 

Bergolio iba a continuar con su análisis, pero intervino el divulgador Feliciano:

Bueno eso que tú dices Bergolio, no es tan así… eso hay que agarrarlo con pinzas —quién optó por asumir la posición del pensador con la mano sobre el mentón y mirando al techo se quedó sin palabras…

Aprovechó Cesar para aportar al análisis:

También está en la obligación de fomentar el aprendizaje voluntario, indicarle a la gente qué es y cómo funciona eso que llaman método científico, y que nos da las bases para cuestionar la información que recibimos.

—Así es César, el divulgador, como servidor público, también tiene la responsabilidad de combatir activamente la desinformación filtrada a través de la pseudociencia, las teorías conspirativas y los mitos científicos. Debe mostrar que los científicos son personas reales, con dudas y errores, alejándolos del estereotipo del "genio loco" encerrado en un oficina y laboratorio. Y, sobre todo, debe despertar la curiosidad en niños y jóvenes para que consideren carreras del áreas científico-tecnológicas.

Sandra, ensimismada con la conversación, frunció el ceño, se tocó la frente y mencionó: 

—Y yo que creía que este trabajo de divulgar era sencillo. Profesor Bergolio, solo tengo cinco semanas y un día aquí, y es ahora cuando tomo conciencia del trabajo que me ha tocado desempeñar. Estoy recién graduada. Estoy entusiasmada con la astronomía y la astrofísica; con ampliar lo aprendido en mis electivas cursadas y mi tesis de grado. También me gusta enseñar, pero le soy sincera, ¡no sé cómo carrizo se hace eso! Por lo que vengo escuchando, entonces, prácticamente, hay que ser un profesional de la divulgación para realizar un buen desempeño en este campo.

—Si queremos hablar con propiedad, te comento Sandra, que sí, en efecto, sería lo mejor. Pero no existe en el país ninguna carrera en divulgación científica, ni ninguna especialidad. Tampoco las carreras científicas de nuestras universidades tienen salidas intermedias como divulgador científico. Es urgente crear la carrera o la salida técnica de divulgación científico-tecnológica en diversas especialidades. En consecuencia, por eso estamos aquí. Por eso me han invitado a mí, particularmente, a formar parte de esta magna institución. Mi compromiso aquí, es crear un sistema alternativo de formación científico-tecnológica en astronomía y astrofísica.

—¡Coño! Ustedes se están poniendo demasiado exquisitos con la función del divulgador. No había escuchado tanta perorata al respecto —exclamó Roberto, mientras las risas y carcajadas de sus compañeros estremecían la sala—. Que si hay que ser profesional, que si hay que dominar la astronomía, que si hay que ser psicólogo, pedagogo y hasta neuropedagogo… No me vayan a decir ahora que hay que ser casi chofer y mecánico para manejar el astrobús.

Roberto hizo una pausa, disfrutando del efecto de sus ocurrencias, y continuó:

—Miren, yo llevo nueve años en este departamento y hasta la fecha creo que lo he hecho bien. Les digo una vaina: yo siento que cuando divulgo, me sale el chorrero de palabras sin que tenga que hacer ningún esfuerzo. Y ustedes saben bien que no he pasado por ninguna escuela especializada donde me hayan enseñado cómo divulgar. Lo mío es natural, nadie me enseñó el arte —concluyó, clavando la mirada en Bergolio a la espera de una respuesta.

—Indudablemente, nadie niega esa habilidad innata que tienes, Roberto, al contrario, la aplaudimos. Pero, sí te dan la oportunidad de pulir tus habilidades, creo que no te vendría nada mal —recalcó César, quien sintió la necesidad de dar una respuesta—. Es más, recuerda que pertenecemos a una institución que maneja sus propias reglas y tenemos que acogernos a ellas, queramos o no.

Bergolio quiso ponerle un punto y aparte a esa parte de la conversación y comento directamente a Roberto:

—Tienes razón, Roberto, tienes un don. Pero el problema de los dones naturales es que, cuando fallan, no sabemos cómo repararlos porque no entendemos cómo funcionan.

Y tú, ¿qué piensas al respecto, Feliciano? — solicitó César para escuchar su opinión.   

—Me agarraron fuera de base —él se manejaba muy bien con el argot beisbolero—. Les soy sincero, no he pensado al respecto, no he analizado bien el tema, por una simple razón, lo que pasa es que yo no sé por qué estoy aquí, lo mío es la investigación pura. Pero bueno, si tengo que opinar opino, pero no en estos momentos. Porque lo mío es el análisis profundo del tema donde me soliciten opinar. Soy científico consagrado y actúo como tal. Les pido, por favor, algunos días para concretar algo y les doy mi opinión. Tengan la seguridad que no me van a ponchar.

—Me parece muy bien tu posición Feliciano. Esa debe ser la actitud de un científico consagrado cuando no domina algo. No me considero un experto en el tema, sin embargo, opino porque lo he trajinado algo, si no, no estuviera aquí. Y para reforzar lo expuesto, les comento que…— mencionó Bergolio.   

El profesor Bergolio continuó su disertación sobre la divulgación científico-astronómica y aprovechó la ocasión para ofrecer un matiz histórico del mismo. Presentó a Andrés Bello como el pionero de la comunicación de la ciencia en América del Sur, rescatando su célebre texto Cosmografía. Señaló que dicha obra era poco conocida por el gran público, que suele identificar al ilustre venezolano únicamente por su faceta de literato, gramático y rector fundador de la Universidad de Chile. Mencionó también que, publicada en 1848, fue uno de los primeros intentos en español por explicar la mecánica celeste de manera comprensible, basándose en los conocimientos de Humboldt y Arago. Luego mencionó a Arístides Bastidas, destacado periodista, conocido como el principal divulgador científico de nuestro país por su columna semanal de La Ciencia Amena. Ellos, -continuó con el discurso Bergolio-, aunque no tuvieron a disposición la tecnología digital actual, eran expertos en crear expectativas con narrativas científicas donde la aventura con misterio por resolver andaba por delante. Así, por ejemplo, Bastidas, en vez de hablar de la gravedad, narraba el viaje de una sonda espacial sorteando obstáculos para llegar a Plutón y usaba la comparación para explicar el funcionamiento de una célula con una fábrica o la expansión del universo con un globo inflándose, dándole oportunidad, de esta manera, al cerebro a interrelacionar lo desconocido con lo conocido, a buscar similitudes, a encontrar patrones. Y empezaba sus textos divulgativos con una pregunta intrigante o un dato contraintuitivo que rompiera los esquemas del espectador. Algo como ¿sabías que hay más estrellas en el universo que granos de arena en la Tierra? encabezando un texto, intriga de inmediato al lector para continuar la lectura.

Y algo sumamente importante en la era actual, —siguió comentando— es que el divulgador debe aprender a verificar datos, porque no solo se trata de explicar la ciencia, sino de proteger a la audiencia de la desinformación masiva, actuando como un filtro de calidad en un mar de datos irrelevantes o falsos. Y la astronomía es un campo minado, propicio para utilizar los famosos fake-news con noticias falsas y carentes de todo sentido científico como los reiterados seudo videos sobre el afelión, el próximo meteorito que chocaría contra la Tierra o la nave extraterrestre camuflada en algún cometa.

Para clausurar su intervención, Bergolio añadió una reflexión sobre la responsabilidad ética del divulgador científico. Sostuvo que, más allá de cualquier postura personal o social, el mensaje debe ceñirse estrictamente a los cánones establecidos por la ciencia. Señaló, por ejemplo, que un divulgador debe ser lo suficientemente íntegro para reconocer cuándo sus creencias particulares o filiaciones religiosas entran en conflicto con un hecho comprobado, garantizando que su fe personal no empañe la objetividad de la evidencia que transmite.

Mejor dicho, mis apreciados compañeros, considero que la ciencia no requiere que creamos en ella, sino que la entendamos con este remate de Bergolio se dio por terminada la reunión.

 

 

Capítulo 3



Se sucedieron diversas mesas de trabajo para estructurar un plan que respondiera a las exigencias específicas del equipo de divulgación. El resultado fue un diseño curricular genuinamente multidisciplinario, concebido así por la complejidad intrínseca de comunicar la ciencia astronómica. Antes de su implementación formal, se realizó una validación in situ mediante un diagnóstico exhaustivo del desempeño de los compañeros en diversos escenarios: desde la interacción con niños y adultos hasta el abordaje de personas neófitas en el tema.

En esta fase de observación, se evaluó el uso de recursos digitales y materiales didácticos físicos, la solvencia técnica y las estrategias pedagógicas empleadas. Se puso especial énfasis en el manejo de la oratoria y en la capacidad de los divulgadores para integrar al público en la narrativa de los eventos celestes, utilizando el planteamiento de interrogantes como una herramienta clave para inducir la curiosidad científica.

La primera estación de este diagnóstico in situ tuvo lugar en una escuela primaria de las laderas de Mérida. Bajo el sol brillante de la mañana, Roberto se dispuso a encantar a un grupo de cuarto grado con su "don natural". Bergolio, libreta en mano y ubicado estratégicamente al fondo del grupo, se convirtió en un observador silencioso, un espectador de la colisión entre el carisma y el rigor.

Roberto comenzó con su energía habitual, gesticulando con amplitud mientras hablaba de la Luna.

—¡Miren, muchachos! —exclamó Roberto, señalando un póster del satélite incrustado en el exterior del astrobús—. La Luna es como una gran piedra de queso que da vueltas para que no nos quedemos a oscuras durante la noche. Ella brilla porque tiene luz propia que sale de su interior, como una linterna mágica que se prende cuando el Sol se va a dormir.

Las risas de los niños no se hicieron esperar. Roberto, creyéndose en la cima de su arte, continuaba soltando su "chorrero de palabras". Sin embargo, Bergolio notó algo que el divulgador ignoraba lo que decía: en los ojos de los niños no había comprensión, sino simple diversión. Uno de los pequeños, con el ceño fruncido, levantó la mano y preguntó: «Pero, profesor, si tiene luz propia, ¿por qué a veces solo se ve un pedacito?».

Roberto, atrapado en su propia metáfora, balbuceó: —Ah, bueno… es que… es que a veces la linterna se queda sin pilas y se va apagando por partes, ¡ustedes saben cómo están las cosas aquí en nuestro país con la electricidad!

Nuevas carcajadas estallaron, pero el niño bajó la mirada, visiblemente más confundido que antes. Bergolio anotó en su libreta con trazo firme:

"Observación 1: El peligro de la analogía vacía. El divulgador confunde el entretenimiento con la enseñanza. Se sustituye un hecho físico por un mito simpático, sacrificando la curiosidad genuina del niño por una risa momentánea".

Al terminar la sesión, Roberto se acercó a Bergolio, secándose el sudor de la frente con una sonrisa de triunfo. —¿Vio, profesor? Los tuve en la palma de la mano. Lo mío es puro instinto, flujo natural. ¿Qué le pareció el 'performance'?

Bergolio cerró su libreta con un clic seco y lo miró con esa calma pedagógica que tanto inquietaba al grupo. —Tienes un talento envidiable para conectar con el público, Roberto, eso es innegable —hizo una pausa necesaria—. Pero hoy, ese niño no aprendió sobre la Luna; aprendió que la ciencia es un chiste que no tiene respuestas coherentes. Le diste una linterna sin pilas, cuando lo que él buscaba era entender la esencia de la luz.

 

La segunda estación del diagnóstico tuvo lugar en un auditorio de un centro cultural de Mérida, ante un grupo de profesionales de diversas áreas y estudiantes universitarios. Esta vez era el turno de Javier, el académico de la tesis laureada y las velocidades radiales, quien subió al estrado con la seguridad de quien posee la verdad absoluta en un cartón de pergamino.

Bergolio, sentado en la penúltima fila, observó cómo Javier desplegaba una serie de láminas densas, repletas de gráficos espectroscópicos y ecuaciones de mecánica celeste. No había dibujos de "pizzas cósmicas" ni metáforas de linternas; solo datos crudos y fríos.

—Como bien sabemos —comenzó Javier, asumiendo peligrosamente que su audiencia compartía su nivel de especialización—, la detección de exoplanetas mediante velocidades radiales se basa en el desplazamiento Doppler de las líneas de absorción en el espectro estelar. Si el cuerpo tiene una masa joviana, la oscilación del baricentro es detectable mediante un espectrógrafo de alta resolución…

El silencio en la sala no era de asombro, sino de estupefacción. Una arquitecta en la primera fila miraba su reloj; un joven estudiante de derecho garabateaba círculos en su cuaderno. Javier, absorto en su propio ego académico, continuó durante veinte minutos hablando de "pársecs", "unidades astronómicas" y "anomalías excéntricas" sin definir ni un solo término.

Al final, cuando abrió la sesión de preguntas, el silencio fue sepulcral. Nadie quería admitir que no había entendido ni la primera frase. Bergolio vio cómo Javier cerraba su computadora con una sonrisa de autosuficiencia, convencido de que su "excelencia académica" había dejado a todos mudos de admiración.

Bergolio escribió en su libreta, subrayando con firmeza:

"Observación 2: La soberbia del tecnicismo. El divulgador padece el 'vicio del experto': cree que la complejidad es sinónimo de profundidad. Al no tender puentes lingüísticos, la comunicación se rompe. El conocimiento se convierte en un monólogo de vanidad que excluye al interlocutor".

A la salida, Javier se acercó a Bergolio, caminando con el pecho inflado. —¿Qué tal, profesor? A diferencia de la perorata de Roberto, yo sí les traje ciencia de alto nivel. Aquí no hubo vainas sin sentido, ni chistecitos inapropiados, solo rigor puro.

Bergolio lo miró con una mezcla de lástima y respeto por su intelecto, pero sin rastro de complacencia. —Rigor hubo, Javier, eso es indudable —respondió con su acostumbrada claridad—. Pero la ciencia que no se comparte de forma comprensible deja de ser luz para convertirse en un agujero negro: tiene mucha masa, pero no deja escapar nada de información. Hoy, tu auditorio no se fue con conocimientos; se fue con la idea de que la astronomía es un club privado al que ellos no están invitados.

Le tocó el turno a Sandra. El escenario era el patio central de la institución. Ella, con el rostro iluminado por una mezcla de nerviosismo y entusiasmo, sostenía un pequeño prisma de cristal frente a un haz de luz solar que se filtraba entre los árboles. Bergolio observaba desde un costado, con la satisfacción de quien ve a una discípula entender que la ciencia es, ante todo, una conversación con la naturaleza.

—Miren este arcoíris —dijo Sandra a los jóvenes, mientras movía el prisma para proyectar los colores sobre una cartulina blanca—. Lo que ven aquí no es un truco de magia; es la "huella digital" de la luz.

Los adolescentes, usualmente difíciles de impresionar, se acercaron con curiosidad. Sandra, siguiendo el consejo que Bergolio le había dado en voz baja minutos antes, evitó empezar con definiciones áridas.

—La luz del Sol parece blanca, pero imaginen que es un equipo de corredores que viajan juntos. Unos son «patilargas» (el rojo), otros son «paticortas» (el violeta) y otros tienen pasos intermedios. Mientras viajan por el aire, todos van a la misma velocidad; pero de pronto se encuentran con un río —el prisma— que deben cruzar caminando. Al entrar en el agua, el obstáculo los obliga a separarse: los rojos, como tienen los pasos más largos, cruzan el río con más estabilidad y se desvían muy poco de su camino original. En cambio, los violetas, al tener pasos tan cortitos, sufren más con la resistencia del agua; tienen que esforzarse más, se frenan y terminan girando o desviándose mucho más que los demás. Los verdes, con sus pasos medianos, quedan justo en el medio. A este abanico de corredores que ahora podemos ver por separado lo llamamos espectro visible, y al proceso físico de cambio de dirección, refracción de la luz. Y para finalizar con esta analogía, le comento que, aunque los "paticortas" (violetas) se frenan más, es precisamente esa interacción la que los hace girar. Se conoce en física como el índice de refracción n que depende de la frecuencia, por lo que el n del violeta es mayor que el n del rojo.

Hizo una pausa para verificar que la seguían y luego lanzó el puente hacia el cosmos:

—Ahora, imaginen que las estrellas son como las llamas de su entorno: piensen en la hornilla azul de la cocina y en la llama anaranjada de una vela. Si ven una llama azul, saben que está muchísimo más caliente que la de la vela, ¿verdad? Con las estrellas sucede exactamente lo mismo. Al observar su color a través de instrumentos más potentes que este prisma, podemos determinar su temperatura. Una estrella azul es una «joven» ardiente y masiva; una roja, en cambio, es más fría y, a veces, se encuentra ya en el ocaso de su vida. A este ordenamiento por colores y temperaturas, los astrónomos lo llamamos clasificación espectral.

Bergolio anotó en su libreta, esta vez con una expresión de alivio:

Observación 3: La potencia de la honestidad. Sandra ha logrado lo que los demás no pudieron: transformar un concepto complejo (radiación electromagnética) en una experiencia visual y lógica. No usó la jerga para lucirse, sino para iluminar. Ha entendido que divulgar es traducir, no simplificar hasta el error.

Al terminar, Sandra se acercó a Bergolio, casi sin aliento. —Profesor, creo que ahora sí entiendo lo que usted decía sobre la responsabilidad ética. Si les hubiera dicho solo que "la luz se refracta", se habrían olvidado en cinco minutos. Pero al hablarles de los colores como corredores, sentí que realmente 'vieron' la física detrás del fenómeno.

Bergolio le dedicó una sonrisa breve, la primera en toda la mañana.

 —Has dado el primer paso, Sandra. Has dejado de ser una repetidora de libros para convertirte en una arquitecta de ideas.

De esta manera, uno tras otro, los comunicadores pusieron a prueba su experiencia en diversos escenarios y ante audiencias de distintas edades. No todo fue negativo; sin embargo, mientras algunos se limitaron a un guion rígido y preestablecido para evitar riesgos, otros, en su afán por impresionar a Bergolio, intentaron profundizar más allá de sus límites. Fue precisamente ese deseo de lucirse lo que les jugó una mala pasada: al alejarse de la orilla de lo memorizado, quedaron al descubierto las grietas en sus conocimientos astronómicos y la falta de dominio técnico.

 

 

                                    ¡¡¡¡¡¡¡¡CONTINUARÁ!!!!!!!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 1 de enero de 2025

El Relámpago del Catatumbo

 El Relámpago del Catatumbo:

Misterio Luminoso en el Corazón de Venezuela

  


El Relámpago del Catatumbo. Cortesía de El Correo del Caroní.


El cielo sobre el lago de Maracaibo, en Venezuela, es escenario de un espectáculo natural único en el mundo: el Relámpago del Catatumbo. Este fenómeno meteorológico, caracterizado por una intensa actividad eléctrica casi continua durante gran parte del año, ha cautivado a pobladores de la zona y de todo el mundo, así como a escritores, poetas y científicos, por siglos. Más allá de su interés científico, el Relámpago del Catatumbo es un tesoro natural, cultural y turístico de Venezuela. Su belleza y singularidad lo han convertido en un símbolo de la región y en un atractivo turístico mundial.

En los predios nocturnos del relámpago no existen noches serenas y tranquilas, no existe la penumbra absoluta, sólo persisten los destellos de luz que iluminan en forma intermitente la cuenca del lago de Maracaibo y sus alrededores. Es un fenómeno atmosférico de singular belleza. No solo ha despertado el interés de los científicos por conocer lo que sucede en las profundidades de sus nubes relampagueantes, sino que también poetas y cantores lo han eternizado en sus prosas. Son destellos tras destellos persistentes los que se riegan por todo el sur del lago. Se puede observar desde la alta cima de la Sierra Nevada, desde las llanuras de Santa Bárbara del Zulia y Puerto Concha, y desde las grandes fincas surlaguenses. Pero, incluso desde el mismo Maracaibo y la Isla de Curazao.

¿Dónde se encuentra ubicado y dónde se puede visualizar? Hay que observarlo de noche y madrugada para poder apreciar su esplendor. Se hace más evidente su fenomenología durante las noches serenas y despejadas de noviembre a abril. Se observa una vista simple, no se requiere de ningún instrumento técnico especializado. Se le puede acercar lo suficiente para visualizar su resplandor, ubicándose en Ologá, pueblo palafítico de aguas del lago ubicado en la región sur occidental en los bordes del lago de Maracaibo. A este caserío de pescadores, se llega en lancha desde el pueblo zuliano de Puerto Concha; rumbo a Santa Bárbara del Zulia, desde El Vigía, se cruza en el kilómetro 14 a la derecha, y la vía lleva directo al pueblo. Desde Puerto Concha, navegando su canal, el viaje en lancha dura dos horas y media. Se llega primero al Mirador del Lago, estación lacustre del Ministerio del Ambiente del país, y desde éste, se enrumba la lancha en viaje directo a Ologá.  

Desde tiempos inmemoriales, los habitantes de la región han observado con asombro estos destellos luminosos. Las culturas indígenas asociaban el fenómeno con sus creencias y mitos, viéndolo como una manifestación de fuerzas sobrenaturales o como un guiño de sus ancestros. Los primeros exploradores también europeos quedaron maravillados por este espectáculo, describiéndolo en sus diarios de viaje y utilizándolo de faro de ubicación.

A pesar de siglos de observaciones y estudios, el Relámpago del Catatumbo sigue siendo un enigma para la ciencia. Numerosos investigadores han propuesto diversas teorías para explicar su origen, pero ninguna ha logrado ofrecer una explicación completa y definitiva. Una de las hipótesis más populares sugiere que el metano liberado por los humedales de la región juega un papel fundamental en la generación de las descargas eléctricas. Sin embargo, esta teoría ha sido objeto de debate y cuestionamientos por parte de otros científicos. Otros factores como la orografía de la región, las corrientes de aire y la composición atmosférica también han sido considerados como posibles contribuyentes.

El Relámpago del Catatumbo es un fenómeno extremadamente complejo, resultado de la interacción de múltiples factores atmosféricos y geográficos. Su estudio no solo es importante para comprender mejor los procesos atmosféricos, sino también para evaluar su impacto en el clima regional y global.

A pesar de los avances científicos, aún queda mucho por descubrir sobre este fascinante fenómeno. Los investigadores continúan trabajando para desentrañar los misterios del Relámpago del Catatumbo y comprender los procesos físicos que lo originan.

Dado la impresionante belleza del Relámpago del Catatumbo como fenómeno natural, único en el planeta, hace que se convierta en un potencial turístico a explotar en toda su magnitud en la zona del sur del lago. En primer lugar, la travesía por los canales que conducen al lago se destaca por permitir observar la diversidad ecológica vegetal y animal, que impera en la zona. Cotorras, garzas, paraulatas y aves con coloridos entrecruzados, surcan los espacios, mientras se escuchan las voces intermitentes de los monos araguatos. Peces y tortugas abundan en sus aguas. Árboles de grandes dimensiones se aprecian a lo largo de sus orillas. Ya en pleno lago, el mundo lacustre se abre para su contemplación total. En Ologá, se destacan las casas levantadas en palafitos como si fueran barcos flotantes sobre la superficie del lago. Su gente, ¡maravillosa! Pueblo pesquero de tradiciones vinculadas al agua. Compenetrados profundamente con su Relámpago, con su titilar nocturno que impide que el caserío lacustre se apague por completo en la inmensidad de la zona de aguas y cielo estrellado salpicado de destellos.


El caserío palafítico Ologá. Cortesía de William Shatner.

            Por esto y otras razones, el Relámpago del Catatumbo debe convertirse en el símbolo nacional que centralice el desarrollo turístico y cultural de los pueblos rivereños del sur del Lago de Maracaibo. Así que, se propone en este trabajo la creación de la Ruta Turística del Relámpago del Catatumbo que promociones al fenómeno más espectacular del planeta Tierra, por sus cientos de destellos intermitentes por minutos durante casi todo el año. Por otra parte, en el pueblo de Puerto Concha se podría crear el Museo del Relámpago donde se modele su fenomenología, para incentivar el conocimiento por los estudios de los fenómenos naturales.

El Relámpago del Catatumbo es un recordatorio de la complejidad y belleza de nuestro planeta. Este fenómeno natural, lleno de historia y misterio, continúa cautivando a científicos y al público en general, y sigue siendo objeto de estudio e investigación. Se espera que se convierta en un fenómeno de desarrollo turístico de la región surlaguense.

 


Referencia bibliográfica

1. Escalona Toro, O., B., (2019). El Farol del Catatumbo, 81-86. Atlas Sur del Lago, UNERMB.Url: https://www.calameo.com/read/0055752893cc966a4c93

2. William Shatner (2021). Relámpago del Catatumbo-Lo Inexplicable. History Latinoamérica. Url: https://www.youtube.com/watch?v=4HijiBOp6T4




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