NEPOGIDATISMO
NEBULAR
El arte de procrear
estrellas en el vacío
Orlando Escalona
Capítulo 1
El contundente “¡entonces renuncio!” retumbó en el
aire. El impacto generado en los asistentes a la reunión de trabajo despejó la
acústica de la sala de tal forma que, si la gravedad hubiese soltado una hoja
seca en el vacío provocado por la exclamación, el estruendo de su caída los
habría devuelto a la realidad. Pasaron segundos de parálisis absoluta. En aquel
instante, todo cambió; la implosión se sintió en las oficinas adyacentes y
recorrió los pasillos, laboratorios y talleres del decimoquinto piso. El
silencio se apoderó de los espacios y solo un entrecortado “renunció” onduló
como un susurro hacia el exterior. Impávidos, los directivos no lograban
asimilar la sorpresa lanzada por aquel trabajador.
El remate de:
—Sí, y ya les traigo el oficio que tengo preparado —dejó por
sentado que la decisión de Bergolio no tenía vuelta atrás.
Así terminó una reunión de
trabajo bajo una pretendida propuesta impositiva de amonestación hacia uno de
los colocados en el paredón.
Bergolio no solicitó ningún
derecho a réplica, sino que optó por levantarse y con un “buenas tardes, se
les agradece el tiempo compartido”, se levantó de la silla y se retiró del
recinto. A los veintitrés minutos exactos el documento fue dado por recibido
por la asistente del director.
Mientras se retiraba, vino a su
memoria aquel primer día que llegó a la institución. Cinco años antes había
intentado ingresar como trabajador y no pudo. Pero la oportunidad de oro se
presentó días después con la propuesta del alto funcionario que vio en él
capacidad para incidir en el trabajo académico de recuperación de un centro de
investigación colapsado y a punto de ser clausurado por el gobierno nacional.
La crisis del país de aquel entonces se había anquilosado también en ese lugar;
recién acababa de pasar la pandemia del covit-19 y la moral ciudadana nacional aún
se encontraba por el piso.
Persistía el manto blanquecino de
la tarde adormecida. Colocó la capucha sobre su cabeza y se lanzó a través de
la espesa atmósfera condensada por el penetrante frio invernal. Rumbo a su
hogar, los síntomas sentidos minutos antes en su mente y cuerpo habían adoptado
otra forma de manifestarse. Notó el cambio. La serenidad se instaló de nuevo en
su ser y celebró el retorno previsto. Lo había hecho, tal como se lo propuso, sí
los acontecimientos persistían y agudizaban. No surgió la duda en ningún
instante, porque todo lo había planificado con antelación por si seguían presentándose
situaciones desagradables de incomodidad laboral. Y volvió a ocurrir. Por eso
procedió de la manera como lo hizo.
Bergolio, como científico
experimentado, jubilado de una prestigiosa universidad nacional, con tan largas
temporadas retozando con sabiduría con el tiempo acumulado; sabía afrontar situaciones incomodas sin dificultad, como la recién presentada. Profundamente
enamorado de los procesos del cosmos. Los nacientes destellos matutinos de la
alborada rozando los perfiles de la sierra andina, embelesaban su despertar.
Así se incorporaba al nuevo día, con plena conciencia de que su minúsculo
aporte podría incidir en la construcción de un mundo con espacios abiertos para
todos. Y sentía que era su obligación hacerlo. Aquella primera vez, cuando puso
su pie derecho en el edificio, cambió su vida. Vio la oportunidad de oro de
poner a prueba los conocimientos que manejaba con sus nuevos aportes. Desconocía
por completo lo que ocurría en las profundidades académicas de la institución
científica donde acababa de entrar. Pero, aquellos que sí la conocían, estaban
seguro que él podría hacer algo que incidiera en su recuperación. Esa confianza
extrema lo comprometió tanto, que aceptó formar parte del personal encargado de
divulgar los nuevos estudios y descubrimientos logrados en aquel centro de
investigación. Entró al departamento de divulgación astronómica, porque realmente
era esto lo que últimamente venía haciendo desde su larga jubilación
aprovechada.
Desde su jubilación
universitaria, estuvo desempeñándose en otros espacios académicos. Compartió
casi un par de años en algunos espacios educativos del estado como coordinador
del ministerio de educación. Muchas fueron las agradables experiencias
acumuladas cargadas con nuevos aprendizajes.
—Bienvenido compañero Bergolio al GID. Usted se
encuentra en los espacios del grupo de divulgación —le dijo César,
el coordinador, frente a sus compañeros —me comentó nuestro director que tendremos el honor
de disfrutar de su compañía por un tiempo.
—Pues sí, me agradaría —respondió Bergolio— ¡Qué gusto conocerlos!
Aquella visita ocupacional
convertida, in situ, en la primera reunión de trabajo, sirvió para la
presentación formal de cada uno de los integrantes, para hacer una descripción
pormenorizada de los fines y objetivos de la unidad, de la especialidad de cada
uno y de sus experiencias como divulgadores en todo el territorio nacional. Por
eso César comentó:
—El compañero Bergolio viene de la universidad. Fue mi
profesor, por cierto; me dictó uno de los cursos de física durante mi
licenciatura. ¿Verdad, profesor? ¿Lo recuerda?
Bergolio confirmó lo expuesto con un leve asentimiento.
—Espero que su presencia facilite las funciones en nuestro
quehacer diario —concluyó el coordinador.
Por las miradas cruzadas y los susurros, Bergolio notó que su
llegada había despertado una densa expectativa. Tanto fue así, que una de las
presentes se atrevió a interpelarlo:
—¿Y usted a qué viene? Nosotros estamos completos. Cada uno
conoce sus funciones y tenemos mucha experiencia acumulada. A mí me parece que
este trajín no sería bueno para usted; lo veo muy ajadito, mermadito, entradito
en años. Se me va a quedar dormido en los viajes y más cuando lo metamos en el
"astrobús" a recorrer nuestros patios.
Unas risas ahogadas recorrieron la sala. Ella retomó el hilo,
fingiendo seriedad:
—Sinceramente le digo, mi señor, que no creo que usted pueda
seguirnos el ritmo.
César intervino de inmediato ante aquel comentario
desproporcionado. Miró fijamente a Bergolio y se disculpó:
—Qué pena con usted, profesor, pero ella es de las que dice
ser "demasiado sincera" y no se guarda nada.
—Muy cierto, para decírselo mañana, se lo digo ahora
mismo, de una vez, yo no ando con rodeos —espetó la joven de nuevo.
César se vio obligado a seguir
con la presentación e intervino con el siguiente comentario:
—Pero es que no he terminado de presentar formalmente
al profesor —a partir
de aquel momento se dirigió a él en esos términos; quizás por respeto o para
evitar reforzar futuros malos entendidos—. Él viene de la UNAC, es jubilado con experiencia
en docencia universitaria e investigación en astrofísica, y considero que nos
podría aportar mucho de sus conocimientos. Me consta que es buen profesor por
el curso que me dio, les repito. ¿Qué va hacer aquí? Pues lo que sabe hacer,
darnos algunos cursos de formación y actualización a nosotros y a otros
compañeros de la institución que quieran acompañarnos. Además, va a participar
en las actividades de divulgación. Es más, parece que viene otra persona por
ahí, también.
—Éramos muchos, y parió la abuela” —comentó alguien
más.
Inmediatamente entró en escena
otro divulgador con el siguiente comentario:
—Miren, va a incomodar lo que voy a expresar, pero
les digo lo siguiente: yo también vengo de una universidad de prestigio y lo
que aprendí en mi carrera, lo aprendí exageradamente bien. Entré aquí con la
intención de poner mis conocimientos al servicio de los demás y, por supuesto,
para ganarme el sustento. Salí cansado de mis estudios y por nada del mundo
tomaría un curso más, aunque venga a dictarlo el "papá" de los
gurús de la astronomía mundial. ¡Tremenda vaina me van a echar!
Agarró una vieja revista que estaba sobre la mesa y
empezó a hojearla con evidente desdén.
—¡Y que ponerme a estudiar de nuevo! ¡A mí!, que
tomé una electiva de astronomía; que hice una tesis de grado en astrofísica,
aprobada y recomendada para publicación. ¡A mí!, repito, que apliqué "al
pelo" mis conocimientos en la determinación de velocidades radiales de
muchas estrellas. No, señor; a mí nadie me viene a hablar de asteroides y
cometas —mis temas favoritos, por cierto— como yo lo hago. Tampoco… —balbuceó
un poco.
—¡Epa, epa, bájale dos! Tranquilo chamo, no es para
tanto, cálmate —arremetió
el coordinador para aplacar los ánimos exaltados del compañero, y porque ya no
quería seguirle más la corriente. Lo conocía bien y sabía que, si lo dejaba continuar con el
discurso, aquella reunión de presentación se le podría convertir en un mero conversatorio
sin relevancia alguna.
—Pero dejemos que sea
el profesor que nos comente sobre su interés de acompañarnos en este noble oficio
de la divulgación científica. Le cedo la palabra —comentó César.
—Jóvenes, gracias por la bienvenida. Les comento que casi no
hablo de lo que debo hacer, me inclino más por hacer lo que se deba, y que sea
la obra la que hable por sí misma. Lo cierto es que ustedes me están ofreciendo
una oportunidad única en mi vida y la sabré agradecer. Me proponen ayudar a
este grupo tan diversificado de profesionales de la astronomía a orientar un
poco su trabajo por el sendero de la eficacia. Son ustedes los que mejor
conocen su trabajo, yo solo podría orientarlos un poco a que los objetivos se
cumplan en menos tiempo y que los resultados obtenidos sean de mejor calidad y
provecho para todos. Creo que tengo algunas cosas que he desarrollado en estos
últimos años de trabajo continuo y que podrían servirles a algunos de ustedes
para seguir avanzando en su profesionalización. Sin ánimo de establecer ninguna
discusión al respecto, pero, nunca he dejado los libros ni los dejaré, menos
las revistas de investigación, estén estas en físico o en digital. Y tengo por
norma el respeto a cualquier aporte científico bien sustentado en las reglas
establecidas de las ciencias.
Bergolio hizo un alto como para tomar aire y continuó:
—No me la voy a tirar de científico vergatario de la física
y la astronomía —acudió a esta expresión popular
para bajar el tono académico de su exposición—, pero la formación y la cultura
científica astronómica que he aculado hasta ahora, me han servido para entender
muchos de los eventos y fenómenos del mundo. Y son estos conocimientos, en la
medida que se pueda, los que pondré con mucho gusto a disposición de ustedes. También
estaré dispuesto a recibir y a nutrirme de sus experiencias; mejor dicho,
nuestra relación laboral debería convertirse en un compartir de saberes, donde
yo gustosamente recibo los suyos y ustedes, después que hagan los análisis
pertinentes, reciben los míos. Bien, no
quisiera distraerlos más de sus responsabilidades, así que dejémoslo hasta aquí
y nos seguiremos viendo en los días que vienen.
Con un:
—Gracias profesor por esas palabras de aliento. Compañeros,
hemos terminado, … cada quien a lo suyo. —dio por terminada el coordinador la
reunión.
A las pocas semanas llegó el otro profesor que estaban
esperando. Tan vejuco como Bergolio y con mucho entusiasmo por la investigación.
Igualmente, jubilado universitario de un grupo teórico de física. Era un
científico de amplia experiencia en docencia e investigación universitaria,
escritor de un par de libros de física dedicados al tema de la mecánica clásica,
donde se consideraba un experto. El coordinador lo presentó, aprovechando la
reunión que se estaba desarrollando en ese momento en el departamento:
—El profesor Feliciano Almasto también nos acompañará por un
tiempo…
—¡Epa, César! Yo no vengo para acá, lo mío es la
investigación pura —paró en seco el profesor Almasto al coordinador—. No sé
nada de divulgación de la astronomía y en realidad les digo, que me interesa
poco. Aunque, de todas maneras, estaremos cruzándonos por estos espacios y en
lo que pueda ayudar, pues ayudo. Pero eso sí, tienen que informarme con tiempo
para prepararme. Trabajo bajo previa y minuciosa planificación.
—Me aseguró el director que tu venías —ellos se tenían la
confianza suficiente para tutearse— para este departamento; a trabajar en
conjunto con el profesor Bergolio.
—Creo que no— fue su respuesta, y se retiró a hacer lo que vino
hacer: entrevistarse con el director.
Todos los presentes se miraron medio asombrados con la
actitud del profesor y sin decir nada continuaron con lo que estaban discutiendo.
Capítulo 2
Así inició Bergolio su labor en
la institución. Durante varias semanas se dedicó a observar y analizar como
cada uno de los compañeros asumían sus diferentes responsabilidades; incluso al
profesor Feliciano que, un par de días después, fue integrado al departamento
como un divulgador más, porque era ahí donde se requerían sus servicios. El
coordinador César, por su parte, buscó concretar pronto la propuesta del
director: diseñar un plan de formación en astronomía para todo el personal del
departamento. Su mandato fue tajante: “¡qué todos asistan a los cursos, sin
titubeos!”.
Tras conversar con sus
compañeros, Bergolio confirmó que ninguno era profesional del área. Los escasos
conocimientos que habían adquirido para sus diarias labores divulgativas en las
escuelas, provenían de las famosas redes digitales, como el mismo coordinador
César solía mencionar. Se establecieron múltiples reuniones de trabajo para
planificar y estructurar el programa del plan de formación. Poco a poco,
Bergolio generó la expectativa necesaria para que sus compañeros comprendieran
la importancia de actualizarse en los conceptos, leyes y descubrimientos
recientes de un campo tan heterogéneo y complejo como la astronomía y la
astrofísica. No obstante, dejó claro que no buscaba proporcionarles una
formación tan profunda como el mismo vasto universo, sino que la idea era que
manejaran con pericia y precisión los términos, definiciones, ecuaciones, leyes
y modelos que les permitieran explicar con propiedad los diferentes eventos
astronómicos cotidianos al gran público. Bergolio insistió en la amplitud intrínseca, propia
del tema astronómico, por el carácter interdisciplinar de sus fundamentos. La
astronomía es matemática, es física y química, es historia y arte, y todo
divulgador debería manejarse muy bien en estas disciplinas. Debería adquirir la
cultura científica astronómica suficiente para desenvolverse con soltura y
precisión comunicacional en el arte de divulgar el conocimiento científico. Pero,
ante todo, comentaba Bergolio: la divulgación es compromiso, devoción, entrega.
En una de las primeras reuniones semanales propuso leer a Richard
Feynman, pero no sus libros, sino investigar su método pedagógico de enseñanza
de conceptos complejos. Feynman, "El gran explicador",
no solo fue un físico brillante y premio nobel; fue un innovador de la
pedagogía que despreciaba la memorización vacía. Su método se basaba en una
premisa radical sobre como la complejidad solía ser una máscara para la
ignorancia. La frase adjudicada a él “si no puedes explicar un
concepto a un niño de diez años, es que tú mismo no lo has comprendido”,
resume como hacía para lograr que sus alumnos entendieran conceptos tan
complejos como los que manejaba en mecánica cuántica y en electrodinámica
cuántica.
De esta manera Bergolío presentó, en una de las reuniones, el
método de Feynman que tanto defendía:
—Se basa en cómo llegar a la simplificación de los procesos
sin sacrificar su esencia conceptual. Él, Feynman, manejaba el arte de la
simplicidad. No aplicaba ninguna fórmula mágica, sino un proceso iterativo de
honestidad intelectual que se podría dividir en cuatro fases esenciales: Se elige
el título del tema a desglosar que encabezará el texto y se escribe en la parte
superior de una hoja en blanco. Se redacta la explicación del concepto con
un lenguaje sencillo y sin complejidades técnicas, mediante analogías claras; sí
al intentar su explicación, notas que te trancas o que tu lenguaje se vuelve
incoherente, regresas al material de estudio original hasta que puedas explicar
ese "punto ciego" con la misma sencillez que el resto. Finalmente,
revisas tu explicación y eliminas cualquier término complejo que haya quedado,
y sí esta es larga o confusa, busca otra analogía mejor. El objetivo final será
un relato fluido y directo.
—¡Ah! Ya veo que ese método solo lo puede aplicar Feynman o
alguien que esté a su misma altura— comentó uno de los físicos titulados
presentes.
—No, al contrario— retomó la exposición Bergolio— el método
tiene su fundamentación pedagógica. Se aprende, se enseña y se aplica. Su
eficacia no se sustenta en la simple casualidad, sino que se alinea con los
principios más robustos de las ciencias del aprendizaje. Es un ejercicio puro
de metacognición. Obliga a quien lo ponga en práctica a monitorear su propio
nivel de comprensión, al identificar qué es lo que aún no sabe. Así, deja
de ser un receptor pasivo y se convierte en un corrector activo de sus propios
modelos mentales. Feynman creía firmemente en la necesidad de construir
conocimiento nuevo sobre las bases existentes. Y las analogías son el puente:
conectan un concepto abstracto como, por ejemplo, la electrodinámica cuántica,
con una experiencia cotidiana. Esto facilita la codificación profunda en la
memoria a largo plazo. Se trata de implementar un aprendizaje activo que
rompe la ilusión al exigir la recuperación activa de la información porque la
escritura de un texto y su explicación pone el cerebro a trabajar mucho más que
el simple acto de leer por encimita un libro e irlo subrayando. En pedagogía,
la simplicidad es elegancia. Por eso, Feynman, aplicaba este principio para
demostrar que la realidad, en su esencia, es coherente. El uso de tecnicismos a
menudo sirve para ocultar una falta de comprensión de los fundamentos. Al
eliminar la jerga, solo queda la verdad del concepto.
—Eso suena maravilloso profesor —comentó el coordinador—
pero, ¿cómo se digiere eso?
—Tienes que asimilar primero la siguiente máxima de Feynman: "El
primer principio es que no debes engañarte a ti mismo, y tú eres la persona más
fácil de engañar"— contestó Bergolio—. Este método es una herramienta
de integridad; nos enfrenta con nuestra propia ignorancia para transformarla en
conocimiento sólido y transmisible. Y, justamente, esa es la esencia de toda
divulgación.
—¡Exacto!, vamos ahora a un caso práctico. ¿Cómo explico yo,
Sandra, el origen del sistema solar y la Tierra, con su famoso método profesor
Bergolio?
—Mejor ejemplo no existe. Procederíamos de la siguiente
manera. Recuerden, primero deben alejarse de los tecnicismos áridos para poder aplicar
la técnica Feynman. Yo, Bergolio, lo explicaría así, Sandra. El sistema solar
no "apareció" de la nada, sino que es el resultado de una
"gran limpieza" cósmica donde la gravedad fue la escoba. Imagina
que hace unos 4.600 millones de años no había Sol ni planetas. Solo había una
nube gigante y fría de gas y polvo flotando en la oscuridad. Era como una
habitación llena de humo y motas de polvo. De repente, algo (quizás la
explosión de una estrella cercana) hizo que esa nube empezara a colapsar sobre
sí misma por la fuerza de la gravedad. Al encogerse, empezó a girar cada vez
más rápido. Piensen en un pizzero que lanza la masa al aire. Al girar, la bola
se aplasta y se convierte en un disco plano. Así nació nuestro sistema solar:
una bola de fuego en el centro (el Sol) y un disco de polvo girando a su
alrededor. En ese disco plano, los granos de polvo empezaron a chocar entre sí.
Al igual que cuando uno barre debajo de la cama y se forman "pelusas"
o "bolas de polvo" cada vez más grandes; y en el espacio, el
polvo se convirtió en piedritas, las piedritas en rocas y las rocas en
planetas. A este proceso de "pegarse por choques" lo llamamos acreción.
La Tierra nació en una zona cercana al Sol, donde hacía tanto calor que solo el
metal y la roca podían estar sólidos. Nuestro planeta empezó como una bola de
roca fundida y ardiente, chocando con todo lo que encontraba en su camino hasta
que "limpió" su órbita y se enfrió lo suficiente para tener
una corteza sólida. Así nació la Tierra. Observen que se manejan varios
conceptos: la nube molecular de gas y polvo, la hipótesis nebular, el colapso
gravitacional, la acreción de material, el giro de la masa de gas y la
conservación del momento angular. Y finalmente, rematamos afirmando que, el sistema
solar es en esencia, conservación del momento angular (el giro) y gravedad (la
unión). Pasamos de ser una nube caótica a ser un mecanismo de relojería
organizado.
—Veo una omisión en ese modelo, Bergolio; no explica la
formación de los planetas gaseosos —aprovechó Javier para señalar un supuesto
punto débil del profesor.
Bergolio escuchó con serenidad, sin rastro de
incomodidad ante el tono inquisidor de su colega. Al contrario, asintió
levemente, validando la intervención de Javier para luego desarmarla con la
elegancia de quien domina los fundamentos.
—¡Cierto! Recuerda que, como divulgador, no debes mencionar
todo. Coloca el discurso en un punto donde el público pueda intervenir tal como
tú lo acabas de hacer; ubícalo al borde de la curiosidad. Es una observación
pertinente, Javier —continuó Bergolio, manteniendo un contacto visual firme
pero amable—. Sin embargo, lo que llamas omisión es, en realidad, el núcleo de
la geografía térmica del sistema.
Hizo una pausa breve y retomó el tono pausado del
método Feynman:
—Imaginen que estamos en una habitación con una
estufa encendida en el centro. Si lanzas granos de sal y gotas de alcohol cerca
del fuego, la sal permanecerá sólida, pero el alcohol se evaporará
instantáneamente y viajará hacia las esquinas más frías de la habitación.
El silencio de la sala era demostración palpable de
que había logrado captar la atención de sus compañeros. Y continuó:
—Eso mismo ocurrió en el disco solar. Existe una
frontera invisible llamada la Línea de Congelación. Cerca del Sol, el
calor era tan intenso que los gases ligeros y los hielos no podían condensarse;
simplemente fueron barridos hacia el exterior. Por eso, los planetas interiores
son rocosos y densos. Solo más allá de esa línea, donde el frío impera, esos
gases pudieron agruparse para formar los gigantes que mencionas.
Bergolio sonrió ligeramente antes de concluir:
—El modelo no los olvida, Javier; explica por qué
cada uno ocupa su lugar. No es una falta de información, es un principio de
orden termodinámico. ¿Queda clara la distinción o prefieres que analicemos las
masas críticas de esos núcleos gaseosos? Pero
como ustedes conocen las generalidades del tema, no hace falta ninguna
descripción más. Eso lo vamos a profundizar en nuestro futuro curso de
astrofísica. Y apreciados compañeros, para finalizar, cuando un niño les
pregunte de dónde venimos, no hablen de colapso gravitacional de una nebulosa “presolar”;
mencionen que somos el polvo de una pizza cósmica que aprendió a
caminar.
Bergolio se adaptó paulatinamente a su nuevo
entorno laboral, un espacio donde la astronomía y la astrofísica eran temas
recurrentes, aunque abordados con un enfoque marcadamente empírico. Pronto
identificó las fortalezas y carencias del equipo, integrado por físicos y
químicos de universidades prestigiosas, así como por pedagogos de instituciones
de renombre. La juventud predominaba en la plantilla; solo él y el profesor
Feliciano representaban la veteranía, con una experiencia comprobada en
investigación científica y docencia universitaria.
Aunque no tenía antecedentes en la capacitación de
divulgadores astronómicos, aceptó el desafío. Instruir a los propios colegas no
era labor sencilla, sobre todo ante la resistencia de quienes daban por sentado
su conocimiento y se sentían, incluso, capacitados para enseñar. Eran pocos los
conscientes de su necesidad de formación técnica. Pese a estas dicotomías,
Bergolio, Feliciano y César, el coordinador, estructuraron el plan solicitado
por la dirección. Tras un periodo de observación directa del desempeño en vivo del
equipo en diversos ámbitos académicos, se confirmó la urgencia de implementar
dicho programa en la institución. Después de revisar meticulosamente las
funciones de un divulgador científico, Bergolio llegó a las siguientes
conclusiones y así las compartió:
—Un divulgador científico debe actuar como
un enlace entre el complejo mundo científico y el público en general.
Su labor es la de traducir palabras difíciles, en conocimiento
relevante, comprensible y emocionante para la sociedad; eliminar la barrera del
lenguaje técnico sin pérdida del rigor científico. Debe dominar el arte de la
simplificación para convertir conceptos abstractos o fórmulas complejas en
analogías y metáforas cotidianas, en el momento de explicar por qué, por
ejemplo, un descubrimiento es importante en la vida cotidiana del espectador. Y,
además, debe ser un experto en filtrar la información más relevante de un
"paper" o estudio para evitar la sobrecarga informativa.
Bergolio iba a continuar con su análisis, pero
intervino el divulgador Feliciano:
—Bueno eso que tú dices Bergolio, no es tan
así… eso hay que agarrarlo con pinzas —quién
optó por asumir la posición del pensador con la mano sobre el mentón y
mirando al techo se quedó sin palabras…
Aprovechó
Cesar para aportar al análisis:
—También está en la obligación de fomentar el
aprendizaje voluntario, indicarle a la gente qué es y cómo funciona eso
que llaman método científico, y que nos da las bases para cuestionar la
información que recibimos.
—Así es
César, el divulgador, como servidor
público, también tiene la responsabilidad de combatir activamente la
desinformación filtrada a través de la pseudociencia, las teorías conspirativas
y los mitos científicos. Debe mostrar que los científicos son personas reales,
con dudas y errores, alejándolos del estereotipo del "genio loco"
encerrado en un oficina y laboratorio. Y, sobre todo, debe despertar la
curiosidad en niños y jóvenes para que consideren carreras del áreas científico-tecnológicas.
Sandra, ensimismada con la conversación, frunció el
ceño, se tocó la frente y mencionó:
—Y yo que
creía que este trabajo de divulgar era sencillo. Profesor Bergolio, solo tengo
cinco semanas y un día aquí, y es ahora cuando tomo conciencia del trabajo que
me ha tocado desempeñar. Estoy recién graduada. Estoy entusiasmada con la
astronomía y la astrofísica; con ampliar lo aprendido en mis electivas cursadas
y mi tesis de grado. También me gusta enseñar, pero le soy sincera, ¡no sé cómo
carrizo se hace eso! Por lo que vengo escuchando, entonces, prácticamente, hay
que ser un profesional de la divulgación para realizar un buen desempeño en
este campo.
—Si
queremos hablar con propiedad, te comento Sandra, que sí, en efecto, sería lo
mejor. Pero no existe en el país ninguna carrera en divulgación científica, ni
ninguna especialidad. Tampoco las carreras científicas de nuestras
universidades tienen salidas intermedias como divulgador científico. Es urgente
crear la carrera o la salida técnica de divulgación científico-tecnológica en
diversas especialidades. En consecuencia, por eso estamos aquí. Por eso me han
invitado a mí, particularmente, a formar parte de esta magna institución. Mi
compromiso aquí, es crear un sistema alternativo de formación
científico-tecnológica en astronomía y astrofísica.
—¡Coño!
Ustedes se están poniendo demasiado exquisitos con la función del divulgador.
No había escuchado tanta perorata al respecto —exclamó Roberto, mientras las
risas y carcajadas de sus compañeros estremecían la sala—. Que si hay que ser
profesional, que si hay que dominar la astronomía, que si hay que ser
psicólogo, pedagogo y hasta neuropedagogo… No me vayan a decir ahora que hay
que ser casi chofer y mecánico para manejar el astrobús.
Roberto
hizo una pausa, disfrutando del efecto de sus ocurrencias, y continuó:
—Miren,
yo llevo nueve años en este departamento y hasta la fecha creo que lo he hecho
bien. Les digo una vaina: yo siento que cuando divulgo, me sale el chorrero de
palabras sin que tenga que hacer ningún esfuerzo. Y ustedes saben bien que no
he pasado por ninguna escuela especializada donde me hayan enseñado cómo
divulgar. Lo mío es natural, nadie me enseñó el arte —concluyó, clavando la
mirada en Bergolio a la espera de una respuesta.
—Indudablemente,
nadie niega esa habilidad innata que tienes, Roberto, al contrario, la
aplaudimos. Pero, sí te dan la oportunidad de pulir tus habilidades, creo que
no te vendría nada mal —recalcó César, quien sintió la necesidad de dar una
respuesta—. Es más, recuerda que pertenecemos a una institución que maneja sus
propias reglas y tenemos que acogernos a ellas, queramos o no.
Bergolio
quiso ponerle un punto y aparte a esa parte de la conversación y comento
directamente a Roberto:
—Tienes
razón, Roberto, tienes un don. Pero el problema de los dones naturales es que,
cuando fallan, no sabemos cómo repararlos porque no entendemos cómo funcionan.
—Y tú, ¿qué
piensas al respecto, Feliciano? — solicitó César para escuchar su opinión.
—Me
agarraron fuera de base —él se manejaba muy bien con el argot beisbolero—. Les
soy sincero, no he pensado al respecto, no he analizado bien el tema, por una
simple razón, lo que pasa es que yo no sé por qué estoy aquí, lo mío es la
investigación pura. Pero bueno, si tengo que opinar opino, pero no en estos
momentos. Porque lo mío es el análisis profundo del tema donde me soliciten
opinar. Soy científico consagrado y actúo como tal. Les pido, por favor,
algunos días para concretar algo y les doy mi opinión. Tengan la seguridad que
no me van a ponchar.
—Me
parece muy bien tu posición Feliciano. Esa debe ser la actitud de un científico
consagrado cuando no domina algo. No me considero un experto en el tema, sin
embargo, opino porque lo he trajinado algo, si no, no estuviera aquí. Y para
reforzar lo expuesto, les comento que…— mencionó Bergolio.
El
profesor Bergolio continuó su disertación sobre la divulgación
científico-astronómica y aprovechó la ocasión para ofrecer un matiz histórico
del mismo. Presentó a Andrés Bello como el pionero de la comunicación de la
ciencia en América del Sur, rescatando su célebre texto Cosmografía.
Señaló que dicha obra era poco conocida por el gran público, que suele
identificar al ilustre venezolano únicamente por su faceta de literato,
gramático y rector fundador de la Universidad de Chile. Mencionó también que, publicada
en 1848, fue uno de los primeros intentos en español por explicar la mecánica
celeste de manera comprensible, basándose en los conocimientos de Humboldt y
Arago. Luego mencionó a Arístides Bastidas, destacado periodista, conocido como
el principal divulgador científico de nuestro país por su columna semanal de La
Ciencia Amena. Ellos, -continuó con el discurso Bergolio-, aunque no
tuvieron a disposición la tecnología digital actual, eran expertos en crear
expectativas con narrativas científicas donde la aventura con misterio por
resolver andaba por delante. Así, por ejemplo, Bastidas, en vez de hablar de la gravedad, narraba el
viaje de una sonda espacial sorteando obstáculos para llegar a Plutón y usaba
la comparación para explicar el funcionamiento de una célula con una fábrica o
la expansión del universo con un globo inflándose, dándole oportunidad, de esta
manera, al cerebro a interrelacionar lo desconocido con lo conocido, a buscar
similitudes, a encontrar patrones. Y empezaba sus textos divulgativos con una
pregunta intrigante o un dato contraintuitivo que rompiera los esquemas del
espectador. Algo como ¿sabías que hay más estrellas en el universo que
granos de arena en la Tierra? encabezando un texto, intriga de
inmediato al lector para continuar la lectura.
Y algo sumamente importante en la era actual, —siguió comentando— es que el divulgador debe aprender a verificar
datos, porque no solo se trata de explicar la ciencia, sino de proteger a la
audiencia de la desinformación masiva, actuando como un filtro de calidad en un
mar de datos irrelevantes o falsos. Y la astronomía es un campo minado, propicio
para utilizar los famosos fake-news con noticias falsas y carentes de
todo sentido científico como los reiterados seudo videos sobre el afelión,
el próximo meteorito que chocaría contra la Tierra o la nave extraterrestre
camuflada en algún cometa.
Para clausurar su intervención, Bergolio añadió una
reflexión sobre la responsabilidad ética del divulgador científico. Sostuvo
que, más allá de cualquier postura personal o social, el mensaje debe ceñirse
estrictamente a los cánones establecidos por la ciencia. Señaló, por ejemplo,
que un divulgador debe ser lo suficientemente íntegro para reconocer cuándo sus
creencias particulares o filiaciones religiosas entran en conflicto con un
hecho comprobado, garantizando que su fe personal no empañe la objetividad de
la evidencia que transmite.
—Mejor dicho, mis apreciados compañeros,
considero que la ciencia no requiere que creamos en ella, sino que la
entendamos —con este remate de Bergolio se dio por
terminada la reunión.
Capítulo 3
Se
sucedieron diversas mesas de trabajo para estructurar un plan que respondiera a
las exigencias específicas del equipo de divulgación. El resultado fue un
diseño curricular genuinamente multidisciplinario, concebido así por la
complejidad intrínseca de comunicar la ciencia astronómica. Antes de su
implementación formal, se realizó una validación in situ mediante un
diagnóstico exhaustivo del desempeño de los compañeros en diversos escenarios:
desde la interacción con niños y adultos hasta el abordaje de personas neófitas
en el tema.
En
esta fase de observación, se evaluó el uso de recursos digitales y materiales
didácticos físicos, la solvencia técnica y las estrategias pedagógicas
empleadas. Se puso especial énfasis en el manejo de la oratoria y en la
capacidad de los divulgadores para integrar al público en la narrativa de los
eventos celestes, utilizando el planteamiento de interrogantes como una
herramienta clave para inducir la curiosidad científica.
La primera estación de este diagnóstico in situ
tuvo lugar en una escuela primaria de las laderas de Mérida. Bajo el sol
brillante de la mañana, Roberto se dispuso a encantar a un grupo de cuarto
grado con su "don natural". Bergolio, libreta en mano y ubicado
estratégicamente al fondo del grupo, se convirtió en un observador silencioso,
un espectador de la colisión entre el carisma y el rigor.
Roberto comenzó con su energía habitual,
gesticulando con amplitud mientras hablaba de la Luna.
—¡Miren, muchachos! —exclamó Roberto, señalando un
póster del satélite incrustado en el exterior del astrobús—. La Luna es como
una gran piedra de queso que da vueltas para que no nos quedemos a oscuras
durante la noche. Ella brilla porque tiene luz propia que sale de su interior, como
una linterna mágica que se prende cuando el Sol se va a dormir.
Las risas de los niños no se hicieron esperar.
Roberto, creyéndose en la cima de su arte, continuaba soltando su
"chorrero de palabras". Sin embargo, Bergolio notó algo que el
divulgador ignoraba lo que decía: en los ojos de los niños no había
comprensión, sino simple diversión. Uno de los pequeños, con el ceño fruncido,
levantó la mano y preguntó: «Pero, profesor, si tiene luz propia, ¿por qué a
veces solo se ve un pedacito?».
Roberto, atrapado en su propia metáfora, balbuceó:
—Ah, bueno… es que… es que a veces la linterna se queda sin pilas y se va
apagando por partes, ¡ustedes saben cómo están las cosas aquí en nuestro país con
la electricidad!
Nuevas carcajadas estallaron, pero el niño bajó la
mirada, visiblemente más confundido que antes. Bergolio anotó en su libreta con
trazo firme:
"Observación 1: El peligro de la analogía
vacía. El divulgador confunde el entretenimiento con la enseñanza. Se sustituye
un hecho físico por un mito simpático, sacrificando la curiosidad genuina del
niño por una risa momentánea".
Al terminar la sesión, Roberto se acercó a
Bergolio, secándose el sudor de la frente con una sonrisa de triunfo. —¿Vio,
profesor? Los tuve en la palma de la mano. Lo mío es puro instinto, flujo
natural. ¿Qué le pareció el 'performance'?
Bergolio cerró su libreta con un clic seco y lo
miró con esa calma pedagógica que tanto inquietaba al grupo. —Tienes un talento
envidiable para conectar con el público, Roberto, eso es innegable —hizo una
pausa necesaria—. Pero hoy, ese niño no aprendió sobre la Luna; aprendió que la
ciencia es un chiste que no tiene respuestas coherentes. Le diste una linterna
sin pilas, cuando lo que él buscaba era entender la esencia de la luz.
La segunda estación del diagnóstico tuvo lugar en
un auditorio de un centro cultural de Mérida, ante un grupo de profesionales de
diversas áreas y estudiantes universitarios. Esta vez era el turno de Javier,
el académico de la tesis laureada y las velocidades radiales, quien subió al
estrado con la seguridad de quien posee la verdad absoluta en un cartón de
pergamino.
Bergolio, sentado en la penúltima fila, observó
cómo Javier desplegaba una serie de láminas densas, repletas de gráficos
espectroscópicos y ecuaciones de mecánica celeste. No había dibujos de
"pizzas cósmicas" ni metáforas de linternas; solo datos crudos y
fríos.
—Como bien sabemos —comenzó Javier, asumiendo
peligrosamente que su audiencia compartía su nivel de especialización—, la
detección de exoplanetas mediante velocidades radiales se basa en el
desplazamiento Doppler de las líneas de absorción en el espectro estelar. Si el
cuerpo tiene una masa joviana, la oscilación del baricentro es detectable
mediante un espectrógrafo de alta resolución…
El silencio en la sala no era de asombro, sino de
estupefacción. Una arquitecta en la primera fila miraba su reloj; un joven
estudiante de derecho garabateaba círculos en su cuaderno. Javier, absorto en
su propio ego académico, continuó durante veinte minutos hablando de
"pársecs", "unidades astronómicas" y "anomalías
excéntricas" sin definir ni un solo término.
Al final, cuando abrió la sesión de preguntas, el
silencio fue sepulcral. Nadie quería admitir que no había entendido ni la
primera frase. Bergolio vio cómo Javier cerraba su computadora con una sonrisa
de autosuficiencia, convencido de que su "excelencia académica" había
dejado a todos mudos de admiración.
Bergolio escribió en su libreta, subrayando con
firmeza:
"Observación 2: La soberbia del tecnicismo. El
divulgador padece el 'vicio del experto': cree que la complejidad es sinónimo
de profundidad. Al no tender puentes lingüísticos, la comunicación se rompe. El
conocimiento se convierte en un monólogo de vanidad que excluye al
interlocutor".
A la salida, Javier se acercó a Bergolio, caminando
con el pecho inflado. —¿Qué tal, profesor? A diferencia de la perorata de
Roberto, yo sí les traje ciencia de alto nivel. Aquí no hubo vainas sin
sentido, ni chistecitos inapropiados, solo rigor puro.
Bergolio lo miró con una mezcla de lástima y
respeto por su intelecto, pero sin rastro de complacencia. —Rigor hubo, Javier,
eso es indudable —respondió con su acostumbrada claridad—. Pero la ciencia que
no se comparte de forma comprensible deja de ser luz para convertirse en un
agujero negro: tiene mucha masa, pero no deja escapar nada de información. Hoy,
tu auditorio no se fue con conocimientos; se fue con la idea de que la
astronomía es un club privado al que ellos no están invitados.
Le tocó el turno a Sandra. El escenario era el
patio central de la institución. Ella, con el rostro iluminado por una mezcla
de nerviosismo y entusiasmo, sostenía un pequeño prisma de cristal frente a un
haz de luz solar que se filtraba entre los árboles. Bergolio observaba desde un
costado, con la satisfacción de quien ve a una discípula entender que la
ciencia es, ante todo, una conversación con la naturaleza.
—Miren este arcoíris —dijo Sandra a los jóvenes,
mientras movía el prisma para proyectar los colores sobre una cartulina
blanca—. Lo que ven aquí no es un truco de magia; es la "huella
digital" de la luz.
Los adolescentes, usualmente difíciles de
impresionar, se acercaron con curiosidad. Sandra, siguiendo el consejo que
Bergolio le había dado en voz baja minutos antes, evitó empezar con
definiciones áridas.
—La luz del Sol parece blanca, pero imaginen que es
un equipo de corredores que viajan juntos. Unos son «patilargas» (el rojo),
otros son «paticortas» (el violeta) y otros tienen pasos intermedios. Mientras
viajan por el aire, todos van a la misma velocidad; pero de pronto se
encuentran con un río —el prisma— que deben cruzar caminando. Al entrar en el
agua, el obstáculo los obliga a separarse: los rojos, como tienen los pasos más
largos, cruzan el río con más estabilidad y se desvían muy poco de su camino original.
En cambio, los violetas, al tener pasos tan cortitos, sufren más con la
resistencia del agua; tienen que esforzarse más, se frenan y terminan girando o
desviándose mucho más que los demás. Los verdes, con sus pasos medianos, quedan
justo en el medio. A este abanico de corredores que ahora podemos ver por
separado lo llamamos espectro visible, y al proceso físico de cambio de
dirección, refracción de la luz. Y para finalizar con esta analogía, le comento
que, aunque los "paticortas" (violetas) se frenan más, es
precisamente esa interacción la que los hace girar. Se conoce en física como el
índice de refracción n que depende de la frecuencia, por lo que el n del
violeta es mayor que el n del rojo.
Hizo una pausa para verificar que la seguían y
luego lanzó el puente hacia el cosmos:
—Ahora, imaginen que las estrellas son como
las llamas de su entorno: piensen en la hornilla azul de la cocina y en la
llama anaranjada de una vela. Si ven una llama azul, saben que está muchísimo
más caliente que la de la vela, ¿verdad? Con las estrellas sucede exactamente
lo mismo. Al observar su color a través de instrumentos más potentes que este
prisma, podemos determinar su temperatura. Una estrella azul es una «joven»
ardiente y masiva; una roja, en cambio, es más fría y, a veces, se encuentra ya
en el ocaso de su vida. A este ordenamiento por colores y temperaturas, los
astrónomos lo llamamos clasificación espectral.
Bergolio anotó en su libreta, esta vez con una
expresión de alivio:
Observación 3: La potencia de la honestidad. Sandra
ha logrado lo que los demás no pudieron: transformar un concepto complejo
(radiación electromagnética) en una experiencia visual y lógica. No usó la
jerga para lucirse, sino para iluminar. Ha entendido que divulgar es traducir,
no simplificar hasta el error.
Al terminar, Sandra se acercó a Bergolio, casi
sin aliento. —Profesor, creo que ahora sí entiendo lo que usted decía sobre la
responsabilidad ética. Si les hubiera dicho solo que "la luz se
refracta", se habrían olvidado en cinco minutos. Pero al hablarles de los
colores como corredores, sentí que realmente 'vieron' la física detrás del
fenómeno.
Bergolio le dedicó una sonrisa breve, la primera en
toda la mañana.
—Has dado el
primer paso, Sandra. Has dejado de ser una repetidora de libros para
convertirte en una arquitecta de ideas.
De esta
manera, uno tras otro, los comunicadores pusieron a prueba su experiencia en
diversos escenarios y ante audiencias de distintas edades. No todo fue
negativo; sin embargo, mientras algunos se limitaron a un guion rígido y
preestablecido para evitar riesgos, otros, en su afán por impresionar a
Bergolio, intentaron profundizar más allá de sus límites. Fue precisamente ese
deseo de lucirse lo que les jugó una mala pasada: al alejarse de la orilla de
lo memorizado, quedaron al descubierto las grietas en sus conocimientos
astronómicos y la falta de dominio técnico.
¡¡¡¡¡¡¡¡CONTINUARÁ!!!!!!!