sábado, 25 de septiembre de 2021

 

Gemelo Fractálico

Con el fuerte suspiro lanzado al aire, retomó sus pensamientos. La imagen duplicada recobró su memoria. Recordó cómo había revisado con esmero su semblante frente al espejo de laguna por el tenue rasgo que aquel día se asomó con timidez. El leve abultamiento que notó en el entrecejo lo remontó a la época que adoptó de punto cero, de referente. Se convirtió en su estigma. A partir de entonces ya la vida no sería igual, por vez primera se dio cuenta que había un antes y un después en su existencia e invisibilizó su rostro para siempre. No le hacía falta, porque podía verse a través de ojos ajenos donde gran parte de su mundo se encontraba reflejado y pasajes de su historia se encontraban escritos. La huella del entramado espaciotemporal comenzó a dejar sus rastros desde aquel instante crucial. Algunas veces lo vio pasar fugaz sin esperarlo, otras, en su regazo seguía su compás; muchas, se le perdía en las profundidades de lo anterior. Y cayó en cuenta de la estrecha relación que mantenía con su mundo interior, con sus pensamientos y emociones, y que cada uno de estos quedaba registrado en su semblante. La tersa imagen primaria grabada en su memoria fue transmutando en vertiente extendida sobre su noble faz; mientras, otra imagen como la suya permanecía inmutable en la lejana profundidad del Universo. Sin verse, podía seguir el historial de épocas vividas ubicadas en cada una de sus ramificaciones. Cada rasgo era la pieza precisa del gran rompecabezas que había armado con su vida, y era asiento de un relato que encajaba perfectamente con los adyacentes. Cada surco, cada estría, tenía su porqué en aquel rostro multi-líneas de estructura fractálica y guardaba una estrecha relación con el entramado epidérmico que se extendía con sobriedad sobre el enjuto rostro. Se evidenciaba una norma establecida con la edad. Lo sabía, conocía la historia de cada traza invisible para él, porque eran producto de su propia configuración. Pocas fueron impuestas, y escasas debido al azar. Previo a cada experiencia que tendría, sabía la ubicación precisa que tomaría en tan inusitado código facial. Desde aquel día nunca más se vio el rostro, pero lo precisaba con tantos detalles en su interior como imagen cuadridimensional, que trascendía su presencia visual ¿Y por qué lo hizo? Para congelarlo en su mundo interior y medir cualquier efecto que le sirviera de comparación; con la pretensión de lograr una dimensión más en lo faltado por vivir y liberarse de sí mismo a través de la trama temporal.

Entre tanto, su otra imagen, la que dejó escapar hacía más allá del inmensurable universo, deambulaba con la mínima afectación entre las redes espacio-temporales que encontraba a su paso. La lozanía que imperaba imperturbable sobre su cuerpo y faz, y la jovial sonrisa disimulada entre los destellos titilantes salpicando en su rostro, daba cuenta de las predicciones de la infalible Teoría.

sábado, 18 de septiembre de 2021

Cosmogonía de Los Encantos

 

Cosmogonía de Los Encantos

Capítulo XII 

de


El cuento que ahora le voy a echar mi querida nietecita Mave, tiene que ver con nuestros inicios. Hace mucho, pero muchisísimo tiempo que eso pasó, no sé hace cuántos segundos, como dice el profesor de su escuela que le contó a vusté la mesma historia con sus ojos de persona leída. Yo le digo que eso sucedió hace muchas lunas, cuando el sol no era sol ni la luna era luna, cuando no había nada, ni siquiera luz, menos nosotros. Ellos me lo contaron toitíco, ¿cómo se enteraron ellos, Los Encantos?, pues por sus Encantos Padres originarios. Esos sí son los que saben la verdad del asunto, de todo lo que vusté ve por allá y por acá, lo que ve en pleno día y lo que alcanza a medio ver de noche. Arrime pa'cá esa banca porque la conversa va ser larga, vaya y busque su ruana y su gorro de lana y me trae una mascada de chimú, y me le dice a su nona que nos prepare unos chocolaticos vaporosos, pa' sobrellevar esa ventisca tan fría que nos mandó la sierra. Pareciera que se enteró, la muy muérgana, que vamos a hablar de ella. Como le venía diciendo en otras conversas, aquella vez que me pirdí, ellos me lo contaron todo...

Fue entonces cuando Ufrasio se enteró de la verdad de Los Encantos -divinidades originarias, dioses de los andes- y la creación del mundo. Qué, en los inicios de los tiempos, ni la nada existía, ni materia ni luz, sólo Zuhé y Chía, los Encantos Padres, en armonía y perfecto equilibrio con lo inexistente. Cansados de tanto vivir en el mismo estado de perfección donde nada sucedía a no ser por la intervención de ellos mismos, decidieron un día crear al Universo. De Zuhé surgió en lo alto, el sol, y más allá, de Chía, emergió la luna; ambos repletos de mucha luz y energía. Tiempo después, la luna y el sol se separaron, y la luna pasó a ocupar el espacio del oscuro firmamento; pero un firmamento así carecía de magia, con sólo dos cuerpos aislados flotando y vagando en sus profundidades. En consecuencia, el dúo de dioses decidió hacerse de la compañía de otros cuerpos, y con sus creativos pensamientos le dieron vida a las estrellas y a muchos otros cuerpos celestes más. Todo era muy tranquilo, nada sucedía, nada se movía en la armonía universal ya existente, nada, absolutamente nada, cada objeto ocupaba el lugar donde apareció sin posibilidad de moverse, nada le ocurría, existía una absoluta tranquilidad en todo lugar donde permanecía una estrella titilante. Un universo así requería de dinamismo, por lo que Zuhé y Chía decidieron crear algo que les impregnara movilidad, algo que permitiera la interacción entre los cuerpos existentes, que les facilitara el intercambio de información sin necesidad de contacto directo. Algo que les posibilitara el acercamiento y el alejamiento para juguetear entre ellos, para, reunidos, formar sistemas más complejos. Fue cuando Chía dijo: “hágase la gravedad con el don de la atracción”. Zuhé, con su energía, les otorgó concreción a sus pensamientos, y las estrellas del cielo se aglomeraron y formaron constelaciones con diversos dibujos. Algunos de tales modelos estelares, con formas de montañas y picos, los replicó por estos lugares, y fue cuando aparecieron las dos sierras ondulantes que observamos a lo largo de la cordillera andina.

jueves, 19 de agosto de 2021

Aventura y desventura

 

Aventura y desventura

de 

dos físicos viajeros

 

Parque Nacional Morrocoy

A Raúl Echeverríacompañero de viaje. 

Acto I

Al fin, el olor a mar de suave brisa liberada de sus entrañas lejanas hace presencia en mi ser. Columnas fugaces de palmeras compiten entre sí en el fondo del oleaje reventado en infinitas perlas blancas y cristalinas, suspendidas por segundos extendidos sobre el rojizo redondel que emana de la tarde, que lentamente se disipa. El jugueteo de las palmeras agota su introito en la escena playera indicando que nos enrumbamos a nuestro destino final. La tarde está fresca, quizás un poco más que de costumbre a pesar del agotamiento del largo viaje desde tierras tan lejanas; pudo ser también la suave sensación de la montaña que dejamos, que aún hace presencia en mis sentidos para mantener el equilibrio orgánico. Tarde dócil y fresca, que incita a libar las primeras espumosas en la taguara de costumbre a orilla de la vía; previamente, nos metimos dos lamparazos del mejor miche andino que nunca antes había saboreado, para entonar el cuerpo y aclarar la garganta, aunque el canto no lo he practicado ni me llame la atención; pero la larga conversa que nos esperaba esa noche, sí merecía unas cuerdas vocales bien preparadas.

viernes, 13 de agosto de 2021

Los juguetes

Los juguetes

El tubo reemplazó mis columpios de Mene Grande. Aprendí a caminar descalzo en su lomo para minimizar las caídas; me di cuenta de la necesidad de levantar ambos brazos en cruz para lograr y conservar el equilibrio. Elogiaba con asombro las peripecias de mi amigo Guillermo “Pajarito” Morales, experto en encaramarse de un salto, para caminar y correr por el tubo como el mejor malabarista de circo. Fue necesario la práctica mesurada en su parte baja para adquirir cierta destreza y la confianza necesaria para aventurarme luego en alcanzar y traspasar el sector más profundo del cenagal, hasta llegar cerca de la fábrica láctea Indulac. En esa época eran contados los bombillos que iluminaban la calle. El Señor Guillo, vecino del frente, nos surtía de electricidad en calidad de alquiler para iluminar el interior del rancho con un solo bombillo, con la condición de apagarlo temprano; además, el presupuesto de papá no daba para pagar otros más. El resto de vecinos hacía lo mismo. En consecuencia, la calle El Tubo muy temprano quedaba en tinieblas y me servía para el deleite del cielo nocturno del pueblo; me acostaba boca arriba sobre el tubo y así permanecía largos ratos contemplando las incrustaciones titilantes de la oscura bóveda de allá arriba, mientras las contrastaba con la infinitud de lucecitas intermitentes en el fondo del montarascal. Quizás esto definió en parte mi profesión futura.

martes, 10 de agosto de 2021

El Escalante

 El Escalante

El río Escalante separando a Santa Bárbara de
San Carlos, las ciudades gemelas.

Cada vez que, desde los puentes de Santa Bárbara atisbo al Escalante, mi memoria se embelesa en los recuerdos. La inmediatez de sus orillas con mi rancho me estampó su encanto al compás del diario cruce rumbo a las aulas del liceo. Y vienen por mí sus ocres aguas horizontales, tranquilas y silentes en reclamo del chapuzón y el “clavao” desde la orilla de la mata de lara de la Glorieta, que ofertaba su ramaje, tal cuerda o trampolín, para las peripecias infantiles. Cada muchacho de entonces tenía su orilla preferida en la franja beige del río, para contemplar la estela triangular ondulante formada en su lecho y la llegada de sus vaivenes a la rivera, cada vez que lo transitaban las canoas lecheras rumbo a la Indulac. Cada quién tenía su sitio de lanzamiento durante la aventura de alcanzar la orilla opuesta y retornar a nado sincronizado con la última bocanada de aire.  Otras veces, se usaba como estación de lanzamiento del anzuelo repleto de nata desechada de la fábrica láctea en búsqueda del bagre, el pámpano o el paletón de la cena. Muchos barcos de papel sucumbieron en sus aguas al tratar de cruzar su cauce; desconozco cuántos volantines hundieron sus recados antes de alcanzar la orilla de San Carlos, no contabilicé tras cuántos rebotes las lajas danzarinas se sumergían en sus aguas. Sí contemplé, cómo muchos discos metálicos de los potes de leche de la Indulac, cual platillos volantes, lograban franquear su anchura y alcanzar la orilla opuesta. También presencié, cómo Pajarito traspasaba sus barreras a nado limpio sin cansarse.

sábado, 7 de agosto de 2021

El amigo compadre





El Amigo Compadre

Dibujo "Los dos compadres" según Emily Escalona.


Al Compadre Gerardo Sánchez Porras

¡Qué felicidad tener un compa, como mi Compadre! La vida de cualquier persona cambiaría, como pasó con la mía. La mía se transforma; sin mi compa, no sé, hacia qué punto cardinal la hubiera enrumbado la fuerza del destino; pero llega mi Compadre, cargado de vivencias centrales y llaneras, y se despeja el camino. Con mi compa aparecen los primeros intercambios de inquietudes, contrastación de primeros saberes científicos e impostergables invitaciones para resolver las aparentes incongruencias encontradas en los textos bajo la lámpara de estudio nocturna del momento; o frente al velador del bar de prado verde montaña arriba, bajo mi iniciática fría espumante, servida en espacios claroscuros imbuidos en niebla de cigarro, entremezclada con vaho ardiente de licor de mesas aledañas, y el estruendoso cierre intempestivo de dominó de acción inesperada, donde casi siempre, él tenía las de ganar. 

jueves, 5 de agosto de 2021



El reloj
La regularidad del tictac que escuchó con claridad y persistencia llamó su atención. Lo llevó directo al viejo baúl que se guardaba con esmero debajo de la cama. Desconocía su interior y nunca se había atrevido a preguntar. Nadie de la casa mencionaba su existencia. Se hizo de maña y encontró la llave marcada con la herrumbre de tres generaciones que la habían sostenido alguna vez. Con sumo cuidado apartó la foto sepia de sus antepasados que lo estaba tapando, y tomó entre sus manos aquel redondel de opaco brillo metálico que supuso era la causa de la osadía emprendida. La sensación de frio que sintió entre sus manos lo conectó con los cuentos de su abuela y pensó dejarlo de una vez en el lugar de resguardo. Sin embargo, con esmero lo colocó sobre la vieja peinadora de cedro frente al espejo, que a pesar de lo transcurrido aún se atrevía a formar imágenes de objetos que le ponían al frente. ¡Mayúscula sorpresa!, los números se mostraban al revés. Tal visión, más los relatos escuchados sobre aquella habitación, le crisparon los pelos y decidió devolver el dispositivo a su lugar de origen. Lo hizo, y colocó la llave en la misma orientación que la encontró.

miércoles, 4 de agosto de 2021

La Ceiba

 La Ceiba de El Moralito

Para Gabriel

En la ventana, la brisa bamboleaba la cinta verde lanceolada de la mata de coco que desenrollé del bolsillo para tal fin. Con eso me divertía un poco durante el corto viaje del Cuarenticinco al Moralito. Varía veces habíamos hecho el recorrido, sentados del mismo lado del autobús. También me entretenía con las ráfagas de arbustos y árboles cercanos que se perdían de mi vista en un relampaguear; con el movimiento acompasado de los más distantes, o con aquellos perezosos atados al lejano horizonte azulado. Me embelesaban las formas geométricas de sus copas, unas redonditas como las naranjas de mi patio, otras cónicas como el cucurucho de bijao que algunas veces me elaboraba para sentirme de mayor estatura. Me gustaban las jugadas al escondite que constantemente hacían a medida que el autobús avanzaba por la vía. Con el vaivén de mi manita los saludaba desde el inicio de mi viaje; parecía que los conocía desde siempre. Al verme, el alborozo se formaba; los cercanos enloquecían con el movimiento estrepitoso de sus ramajes y los aplausos escapados del golpeteo de las hojas; los distantes me seguían con las tenues

lunes, 2 de agosto de 2021

El Poeta


El amigo poeta

Al Poeta Alexis Fernández

 

Es una bendición al alma tener un amigo poeta. Se despiertan y agudizan los sentidos con sus sinceros entusiasmos por el mundo. A mi pana poeta, nada le es ajeno y todo el universo circundante le impresiona, le motiva y le conmueve; vive de asombro en asombro, de búsqueda en búsqueda, de indagación en indagación. Contemplación y éxtasis pernoctan en mi amigo poeta. No se amilana por las pequeñeces de la vida, donde siempre ve aprendizajes. Se aprende a valorar y adorar la belleza y a sentir el placer que transmite, con un amigo poeta al lado de la existencia; quién comparte con emoción sus inquietudes y las plasma con sencillez y profundidad. Mi amigo poeta incursiona en lo natural y reivindica sus bondades;

El arcoíris




Para Paola 

El viento acariciaba los cacheticos de Aya al vaivén del bamboleo del tren que la llevaría al Veintidos. Jugueteaba feliz con las ráfagas intermitentes que alborotaban las crinejas de Peti, su muñeca de trapo carisucia que había logrado llevar consigo a escondida de Mamá. De tanto sentir los batidos sobre su cinturita se recostó en tan cariñosos brazos maternos. De pronto, sintió que pegó un salto a través de la ventana y desde un lado de la vía, veía la traza de humo gris ascendente que se diluía con aquel tren de la mañana, traqueteando y esfumándose sobre los rieles, mientras penetraba en el verdoso manto vegetal de la sabana. Ni una pizca de temor sintió sobre su cuerpo. Cuando apretó contra sí los brazos entrecruzados, notó la ausencia de Peti y la preocupación la puso en sobresalto. Miró a hacia atrás y la visualizó haciendo maromas sobre uno de los rieles, invitándola a seguir. Corrió tras ella saltando entre los durmientes para atraparla, hasta que de repente la detuvo el destello multicolor que la empapaba desde un lado del camino. El resplandor zigzagueante desparramado en todas las direcciones la embelesó tanto, que se sumergió entre sus tonalidades para alcanzar la fuente de su origen. Un manto tornasol caía a pocas varas de la vía férrea. Su agua de luz en ráfagas intermitentes la bañó por completo y observó con asombro que Peti tomaba su colorido. Cuando trató de asirla entre sus brazos, se percató que sus propios deditos destellaban los mismos pigmentos que volaba por los aires. Contempló su reflejo en el fondo del cuenco de la pequeña laguna que recogía los colores de la cascada, y notó también en sus cabellos las mismas tonalidades; tenían tintes iridiscentes en franjas verticales como las que caían del cielo.

domingo, 1 de agosto de 2021

El Tren del 22

 

El Tren del 22

Ferrocarril de Santa Bárbara-El Vigía
(década de 1920 – 1930)

Hace años existió un pequeño y próspero caserío de casas de bahareque, horcones, techo metálico y palma real en la vía férrea surlaguense, con una docena de negocios de diverso uso comercial de la época. Fundado, como otros más, para estación de embarque y desembarque en el largo camino construido sobre la verde sabana tendida desde el pie de monte andino hasta las riveras del inmenso y caudaloso río. Esa fue la primera marca profunda que quedó grabada para siempre sobre el semblante de la sabana; donde tendieron una larga, muy larga y sinuosa escalera acostada sobre el paisaje tupido de arbustos y árboles tan altos, que la vista se quedaba corta para descubrir las últimas ramas de las copas.

 Levitando sobre la prolongada y angosta vía férrea que sigue los claros del montarascal, aún ondula una larga oruga quebrada en porciones exactas, con bamboleos lentos y armoniosos sincronizados con el avance. En cada estación exhala su vaporoso gemido y se dispone a reposar mientras espera el aborde del gentío presuroso que la aguarda. Cumplido el encargo, parte glamurosa al encuentro de la próxima estación, y así, entre paradas y arranques, bañada de vapor y tizne del fogón y la caldera, llega a su estación matriz a orilla del río que sin prisa la espera, para dar pie a la descarga y a la carga. 

La Princesa

    
Imagen diseñada con IA Bing


Para Goya

La noche serena del lago despierta sus esperanzas. Cada minuto transcurrido se adentra más en aguas profundas siguiendo el destello permanente que viene desde lejos. Le sirve de brújula para orientarse en la embocadura del río que lo lleva a su destino. Con ésta, son ciento veintiséis veces que hace el mismo recorrido acompañado del relámpago y, como conoce en detalle sus señales luminosas, puede asegurar que la encomienda está asegurada y, sin problemas, la llevará a puerto seguro en el tiempo establecido. Conoce bien los tiempos de aguas y ventiscas del lago y el gran río, y por tal razón, no le preocupa; no obstante, otro tiempo más, sí le mortifica. Al mando del timón de su piragua debe hacer un alto en un sector específico del río a la hora convenida consigo mismo. Antes que el sol ascienda hasta los ocho grados en el horizonte de salida, espera llegar al sitio. Muchos sacudones sentimentales y atmosféricos tiene en su haber y de todos se ha librado fortalecido. La emoción lo embarga a medida que se acerca, no logra entender o no quiere en lo más remoto de su inconsciente descifrar el sentimiento que le agobia; él, hombre corrido por riveras inhóspitas de los ríos del sur, con incontables travesías lacustres y otras tantas en la alta mar embravecida, no podía dominar las emociones que lo inquietan. En ese instante no era cerebro, sólo corazón; en él no hay espacio para la razón, un sentimiento único se impone. Toda la atención la concentra en la opresión y el palpitar que tiene en el pecho y que se corre hasta la parte baja del estómago. Y así ocurrió, los tiempos se cumplieron de nuevo, como antes también. Se quita el sombrero y lo bate varias veces sobre el rostro enrojecido para aliviar el sofoco que lo envuelve. Con precisión cronométrica se encuentra una vez más en el noveno recodo del río frente a la lara de ramajes extendidos, que deja entrever la pequeña choza de caña brava y palma real contrastando con el verdor de la sabana. 


Detiene la máquina cumpliendo con el ritual de las últimas semanas y lanza el paquete que trae a su lado hasta la orilla del río. En media hora no ocurre cambio en el paisaje que ausculta con insistencia y desesperación. “Tuvo que recoger los anteriores…”, pensó; y arranca rumbo a su destino. El canto de las cotorras y el aullido de los araguatos pasan desapercibido para él, el trío de garzas blancas levitando al lado de la piragua tampoco lo distraen de sus pensamientos, las advertencias de ¡cuidado! de su ayudante no lo sacan para nada de su abstracción. Adopta un nuevo estado emocional al pasar frente a la choza en ambas direcciones. Lo embarga un vacío total cuando no la ve. El mundo se le esfuma y queda sin aliento. Quiere quedarse, lanzarse al río ya nado alcanzar la orilla y llegar a la choza. Pero, el compromiso lo saca de su estado, recobra la compostura y retoma el rumbo por el sinuoso río arriba, con la intención de entregar la mercancí.




Atracan a la hora de siempre en el improvisado malecón de la orilla del río; río que se deja seducir por el encanto del paisaje y sereno se abandona en brazos de sus propias aguas rumbo al gran lago. Hace la entrega de mercancías y encomiendas en la plataforma misma de la nave; los tres únicos pasajeros se bajan presurosos. Deja los últimos arreglos a su ayudante y parte al bodegón principal a entregar el documento que le encargaron. Es un hombre alto, de tez clara y contextura robusta, que luce siempre camisa y pantalones de dril blanco, con las mangas bien arremangadas. Se protege del fuerte solazo tropical con el sombrero borsalino negro mate de alas cortas medio tumbado a la izquierda de la cabeza. No le falta el puñal en su funda de cuero terciada a la cintura. Donde hace presencia, llama la atención por el vozarrón que deja escapar. Con paso firme entra a la única tienda de telas, víveres y remedios que existen, mientras inclina la cabeza y toca el borde del ala de su sombrero frente al par de damas que se están retirando. Durante la entrega personal de la encomienda, siente que alguien, que detalla un corte de lino celeste cielo en un rincón de la tienda, lo observaba insistentemente con disimulo. Al voltear, nota que la dama sale de prisa de la tienda.


 Presuroso, se despide de su interlocutor y logra ver a lo lejos, casi llegando a la ribera del río, una silueta de contornos pronunciados conocidos, caminando con la elegancia inusual de las damiselas del lugar, con pasos firmes y seguros, apacibles y estilizados, que le da la sensación de estar flotando sobre la polvorienta calle que transita. La reconoce en el acto. Aunque intenta abordarla, era tarde, la hermosa dama montada en su canoa va aguas abajo por el río rumbo a su morada. Queda de nuevo con el corazón palpitando ya punto de estallar. Se recrimina a sí mismo el no haber sido más cuidadoso y decidido. La tuvo tan cerca para contemplarla de frente y perdió la oportunidad. Ni en la capital, ni en otros puertos del caribe, se había cruzado con tanta belleza natural, razón por la cual andaba con el alma alborotada y compungida. Nadie lo sabe, no tiene confianza; no quiere que se enteren. En parte, por el perjuicio social de relacionarse con miembros de las tribus ancestrales del sector. No se ve con buenos ojos que un gran señor de la capital se fije en una india del monte, en el decir de los lugareños.

Sin estarlo preguntando, cierta vez, en la cantina se entera de los detalles. Carikay, la última de las princesas de las tribus originarias de la tierra surlaguense, solitaria, vive en una choza a orillas del río. Cuando él la avista por vez primera en aquel recodo de río, queda deslumbrado con los ojazos ambarinos jugueteando en la piel zapote claro de su rostro. Percibe los gestos moderados en su andar, en precisa sincronía con el resto de su esbelto cuerpo sumergido en un halo de dulzura de deidad originaria. Esa es Carikay. Con cuerpo y alma caribeña, pura como la miel. En aquellos tiempos incipientes, la mezcla genética aún no había dado sus primeros frutos en esa región. Carikay es la representación genuina de su raza, con su propia lengua y costumbres ancestrales sintonizadas con los requerimientos de una zona de abundancia vegetal bañada de insignificantes caños y caudalosos ríos; donde, desde muy cerca, el relámpago salpica la sabana con fulguraciones permanentes en noches de luna de todas las edades disponibles.

Ella, junto con su cacique esposo, Caricaguey, y su gente, vivían en los espacios del puerto-caserío, pero fueron desplazados por las malas a las tierras bajas y cenagosas del gran río, por orden expresa de los reyes del otro lado del atlántico. La mayoría resistió, pero fueron prácticamente exterminados sin piedad alguna, y uno de tantos fue su amado esposo. Era ella una de los pocos supervivientes que quedaron.

Dado por enterado de lo sucedido, siente compasión por su amada Carikay, pero también ve la oportunidad de oro. Esa noche entre vueltas y más vueltas en el chinchorro guajiro colgado en un pasillo de la piragua, antes de conciliar el sueño, fue perfilando el plan maestro. Antes del amanecer lo presenta a su gente de confianza y acuerdan darle fiel cumplimiento a pesar de lo riesgoso. Cada uno tendría buena paga por adelantado para asegurar el compromiso. Sin pasajeros a bordo, con la nueva carga montada, los encargos y diligencias de los clientes bien ordenados en el libro de encomienda, emprende el viaje de regreso a la capital. Media legua antes de llegar a la choza, hace anclas y saltan a tierra firme; el asalto planeado lo realiza sin ningún percance y logran subir a Carikay a bordo. Por supuesto puso mucha resistencia, pero frente a tres corpulentos, probados en peores lidias, nada pudo hacer y se rinde en las fauces del destino.




Presa en el camarote tan deseado trofeo, al fin tiene la oportunidad de su vida. Ahora sí, está de frente a su amada. Sabe de cajón que no era la mejor forma de alcanzar el amor de una mujer, pero no vio otra alternativa. La tuvo que raptar a su manera. Alcanza la boca del río en buen tiempo y se adentra en aguas extendidas en plena penumbra. La puede contemplar a sus anchas, observar la mirada de asombro que aún mantiene y escuchar frases aisladas en lengua originaria desconocida para él. Los fogonazos del relámpago acentúan los finos rasgos de su rostro y entiende ipso facto que estaba en presencia de una deidad ancestral como nunca imaginada. Se queda mirándola con ternura y percibe respuesta en los destellos tristes de sus nobles ojos ambarinos. Afloran remordimientos confrontados por el amor que le profesa. Se hace dueño de la tristeza que la embarga y siente pena de sí mismo. Se siente vil y maldice en su interior el plan concebido y ejecutado.


Sigue observándola. No quiere tocarla, sentirla, como muchas veces había fantaseado; no era el momento. Es hombre corrido y sabe cómo proceder con las mujeres. Mientras la recorre con mirada escrutadora, palmo a palmo, centímetro a centímetro, sus venas abombadas a reventar despliegan sus ramajes añiles sobre la frente y los brazos descubiertos, y no puede disimular su cara enrojecida y sudorosa. Al fin, se encuentra frente a su amada. Por la ventana se sienten las primeras ráfagas de la lluvia que amenazaba con empeorar. Las centellas se escuchan a los lejos y el vaivén de la piragua empieza a incrementarse, pero él no siente nada. Ensimismado, sigue el bamboleo de su silueta; ella se deja llevar por aquellas bruscas arremetidas y con gracia se abandona al movimiento repetitivo del espacio perturbado. Él siente la danza en sus venas henchidas, mientras ella agrega sincronía a la desdicha que la abruma.

Se distrae, cae de nuevo en trance y no escucha ni los toques de puerta que tres veces le hacen con insistencia. Sólo el estruendo de las cosas que caen y la voltereta que da su amada lo hace volver a la realidad. Están metido en plena tormenta en aguas profundas del lago con oleaje de alta gama. Las aguas embravecidas reclaman lo que sucede en el interior de la piragua; la brisa fresca convertida en ventisca revoltosa fustiga con más intensidad sumándose a la solicitud, y hasta el relámpago destella mil veces como nunca antes, en apoyo a la bella princesa. A él no le importan los reclamos. La piel canela que exhibe entre la penumbra del faro lo hace suspirar profundo y lo seduce, tanto más, que pierde de nuevo el sentido de lo que ocurre en aquellas inmensas aguas oscurecidas y salpicadas de luz. La grácil silueta dibujada por la sombra al pie de su raptor da cuenta de la hidalguía de Carikay. Y él se entretiene un poco con los imperceptibles toques que le hace a uno de sus pies al son del cabeceo del pabilo anaranjado. ¡Sí con lo impalpable siente su presencia, como será en el instante que roce su tersa piel! Entre pensamientos como estos y la vista fija en su amada transcurrió parte de la travesía. Afuera continúa la furia de las aguas, la ira de vientos, y los truenos y relámpagos dejándose sentir. Adentro, sentimientos y emociones de amor aciago entremezclado con inocencia y desconcierto, bulle en aquel confuso espacio de la nave.

De nuevo un fuerte golpeteo en la puerta lo trae al mundo real. Tiene que suspender la contemplación y venta del camarote. Carikay ve la oportunidad de su vida. Hacía rato, muy despacio, se había zafado las amarras y trastabillando sale de la habitación, sube a la parte alta de la piragua y se lanza a las aguas encrespadas mientras los destellos del relámpago le iluminan las brazadas.




Fue una tragedia, relata en puerto seguro, se perdió toda la mercancía, pero no la vida. Nunca se comentará lo acontecido; nadie vio ni hizo nada. Las fuertes amenazas a sus ayudantes dieron el fruto esperado. Pronto se repuso del percance económico sufrido y regresó a sus andanzas por tierras surlaguenses. De nuevo en la misma choza detrás de la frondosa lara; otra vez los recuerdos afloran y los sentimientos empiezan a hacer mella en su abatido corazón. Lanza la mirada, sin detenerse, en busca de los recuerdos de su amada.




Sigue transitando por un largo tiempo el curso de aquel río. Y cada vez que pasa frente a la choza, algunos pasajeros ven a la hermosa princesa indígena envuelta en el tul celeste contemplando la piragua que le sirvió de último aposento.

      

Él, nunca pudo visualizarla.

 

La Princesa de Boca del Río

La Madre de Agua




La Madre de Agua de la Maroma




                                                                                                                                  Para Naya                                                                                                                      

La Maroma misma, es en sí una culebra ondulante. Es caño zigzagueante desde aquellos remotos orígenes que se difunden en la historia geológica de la exuberancia vegetal que lo cobija. Es caño que pretendió ser rio; es rio que decidió ser caño para tributar al Escalante. Se tuerce a ratos en búsqueda del lago para verter sus aguas recogidas en cada torcedura sobre la sabana y poder nutrir así a sus moradores.

    La Maroma es puente y caño amalgamados; puente y caño son maromas, piruetas originarias para acceder a orillas, y cauce de tránsito al lago para enrumbar destinos. Es asiento de vida vegetal que lo sigue por sus riveras y cauce, y lecho de vida animal peculiar de la zona que transita. Especies diversas conviven en sus traslúcidas aguas desde que manan de las entrañas del redondel hasta que la cede al gran depositario acuífero. Es ecosistema bondadoso para cualquier especie exótica animal que quiera compartir e interactuar equilibradamente. Espacio de encanto, magia y hechizo donde se forjan imaginarios colectivos que incitan la fabulación. Se empalma con aguas extendidas del lago al final de su recorrido; ahí terminan sus andanzas con su lengua de agua dulce de la sabana anclada al oleaje. El caño La Maroma es vena abierta al tráfico poblacional que busca las aguas lacustres para aventura y distensión.

Presentación


Presentación Personal Temprana

Antiguo puente metálico sobre el río Escalante que une a
Santa Bárbara con San Carlos (Estado Zulia).
                                                                                                

 Para Sofía                     

Vengo del "Veintidos". Aún siento en mis alpargatas polvorientas los camellones engransonados de la vía ferrocarrilera y las haciendas del sur del lago, donde laboraban mis queridos padres. Dispongo del gen cimarrón de los ancestros de mi progenitor en mi piel curtida por la brisa y el radiante sol zuliero; el sello originario andino materno persiste en mis andanzas. Cuando pequeño, me desplacé por el entramado de caminos de la carretera negra con sus afluentes de camellones. Supe que el "El Cuarenticinco", "El Dieciocho", "El Treinticinco", Los Cañitos, "El Quince", fueron estaciones florecientes del tren. Alternamos también con Janeiro, Caño Blanco, El Chivo, Concha y Cuatro Esquinas. No me es ajeno el mastranto de vaquera, los bramidos entre cantares de ordeño, y la espumosa leche tibia al sol naciente. Disfruté de la dulzura del mango entre piruetas en su ramaje. El canto del gallo y el trino del pitirrí me lanzaban al día, y las sombras estiradas del sol poniente le ponían en pausa. El sofoco diario se apaciguaba con querencias de mis seres queridos. Observé trazos de aguaceros sobre el terreno del patio; me zambullí entre perlas cristalinas en chaparrones de invierno, y sentí el salpique de la lluvia sobre mi cuerpo y faz; probé sus aguas en los caldos de Mamá y en la agüita de panela de la tapara de Papá. Contemplé la ocre serpentina de las aguas apacibles del Escalante enrumbadas a la cuenca lacustre en búsqueda del relámpago silencioso. Con nostalgia reconstruyo las niveas piraguas pincelando el malecón de La Orilla, al contraste de la larguirucha chimenea de la fábrica láctea. Aún percibo las frecuencias de sus pitos sonoros, aún escucho el júbilo a sus llegadas y las tristes despedidas de las partidas. Degusté la pulpa ferrosa del bocachico, el bagre blanco, la manamana y el armadillo con aderezos de achote recién colado, donados por el noble rio. Saboreé, por perro caliente, al maduro espolvoreado con queso añejo; mis pizzas fueron de cachapas con queso aguaíto recién liberadas de la prensa de turno donde trabajaba papá. En vez de hamburguesas, deleité mi paladar con arepas de plátano verde cocío en brasas de fogón de leña. Degusté la mantequilla escurrida en plátano verde asao con queso blanco, en suculentas cenas de Teodora y Balbina. Las aventuras de mis héroes favoritos tenían por teatro la espesura del platanal y los matorralales del potrero. El aroma vegetal, entremezclada con humus de cultivo, era mi fragancia diaria. De ahí vengo. Participé en algarabías de pelotas, metras, trompos y emboques en mi calle El Tubo; armé volantines para retar al viento. Practiqué lucha libre para emular enmascarados, usé capas para volar sobre las esperanzas, y di correteos en juegos de cuarenta matas. Monté a caballos en camellones y potreros abiertos; jugueteé entre corrientes y pozos apacibles en caños de la panamericana. Tuve erizadas de piel con sombras nocturnas imaginarias.Hui de peleas callejeras y escolares; mi hermana me defendía. Correteé gallos, gallinas y pavos en patios y platanales. Tumbé un cristofué con la honda de turno, sin puntería premeditada. Atrapé torcasas con trampas de caña brava. Presencié la eclosión de pollitos en nidos del montarascal. Monitoreé nidos de pajaritos en copitos de acacias y cañafístulas en arboledas de los potreros. Hice peripecias sobre largos tubos en campos petroleros, y en la calle de mi barriada. Los cantos vallenatos de Escalona, ​​entre estirones y apretones de acordeón y rasgueos de charrasca, percolaban mi piel y me hacían contornear las canillas en el piso de mi vecina colombiana. Contemplé pistas de carnavales adornadas con negritas y enmascarados; deambulé en procesiones de semana santa. La sonoridad persistente del pito de la Indulac aún retumba en mis tímpanos y me remontan al fin de año. Añoro la bondad, gentileza y dulzura de mis Padres; sus amores aún hacen presencia en mi ser profundo. También vengo de ahí, de sus rectos procederes, y sus sabias y humildes enseñanzas. En tiempos del liceo, la química revuelve mis humores, y se asoman incipientes destellos de amor púber. Compruebo que la amistad con hermandad profunda es posible con Alex y Néstor. Tuve la dicha de leer a edad temprana Así se templó el acero de Nicolai Ostrovski, mi primera novela socialista, donde me entero de otro orden social posible. Me gustaron las novelas de Dostoyevski como Crimen y castigo. Casi de vino inmediato Demián, Sidharta y El Lobo estepario de Hesse; Espartaco de Howard Fast y Así habló Saratustra de Nietzsche. Me aventuré con El Amor, las mujeres y la muerte de Shopenhauer, pero me confundió la vida y no lo entendí. Otras, y otras más... Me inicié en el cálculo diferencial y empecé a valorar la genialidad de Newton y Leibniz. Por vez primera vi plasmada sobre la pizarra las leyes de la mecánica y el electromagnetismo, esculpidas por la mente creativa de un físico titulado en mis estudios universitarios; Aún a ese nivel inicial, me abrumó la profundidad de los planteamientos científicos. Me di cuenta que sí podía entenderlos y manipular sus leyes; Sentí que andaba por buen camino. Mientras, alternaba con atención a clientes en mi desempeño de portero, mesero y recepcionista en los espacios turísticos de Mérida. Aparecieron mis primeras angustias entre leer, estudiar o trabajar para garantizar mi sustento. Mi hada madrina, la Tía Carmen, me acobijaba con su bondad inmensurable. Se instaura la cultura oriental en las mentes juveniles y me absorben; me inicio en yoga y literatura esotérica. Hasta que la acción meticulosa del conocimiento académico científico la destrucción por siempre de mis pensamientos. Necesitaba la comprobacion para creer. No estoy seguro si fue una bendición. Empecé a emular a los científicos consagrados. Aparecieron los primeros modelos en mi mente.Se me trasmutan las ideas con el mundo microscópico y sus nuevas leyes; me demuestran que son otras que lo gobiernan.Me muevo entre las leyes clásicas de la física y las modernas del mundo atómico. Nuevos paradigmas aparecen. Se acentúan mis inquietudes por entender el Cosmos, por qué el Sol brilla y se mueve, el porqué de las noches estrelladas que tanto me embelesan. El raudal de incógnitas seguía acumulándose sin respuestas definidas.

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